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jueves, 20 de abril de 2017

Rulfo, Roa Bastos, García Márquez: dos centenarios y un cincuentenario

En 2017 celebramos los centenarios de Roa Bastos y de Juan Rulfo, dos de los grandes de la literatura en lengua española. Con El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), el primero se anticipó a lo que sería el boom de la narrativa latinoamericana por su novedosa propuesta narrativa. Estos libros superaron muchos ismos, especialmente el costumbrismo decimonónico, que miraba a los campesinos y a los indígenas con paternalismo, sin llegar a conocerlos ni entender su condición. El llano en llamas abordaba la soledad, la violencia, la muerte, la desolación y desesperanza del campo mexicano en los años posrevolucionarios. Traducido a más de 30 idiomas, impacta su poderosa escritura, sobria, precisa y penetrante. La fuerza de su dolorosa verdad se impone con un estilo único en palabras como estas:
“El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo. Por un rato, el viento que soplaba desde abajo nos trajo un tumulto de voces amontonadas, haciendo un ruido igual al que hace el agua crecida cuando rueda sobre pedregales. Enseguida, saliendo de allá mismo, otro grito torció por el recodo de la barranca, volvió a rebotar en los paredones y llegó todavía con fuerza junto a nosotros: “¡Viva mi general Petronilo Flores!”.
Rulfo tuvo que responder a la incesante pregunta de cuándo publicaría el próximo libro, ya que todos esperaban de él otra novela, después de Pedro Páramo. Augusto Monterroso caracterizaría a Rulfo en el cuento «El zorro es más sabio», que trata de un escritor que publica un libro muy bueno y luego otro mucho mejor, pero, como se da por satisfecho, los demás empiezan a repetir ¿qué pasa con el zorro?, y el zorro se responde a sí mismo: «en realidad, lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo, pero como soy el zorro no lo voy a hacer». Y no lo hizo”, se afirma hacia el final del cuento.
Pedro Páramo se inscribe dentro de la tradición de novelas de la Revolución mexicana. En ella, Rulfo trataba los temas tradicionales mexicanos, pero introduciendo grandes innovaciones técnicas como la ruptura de las secuencias espacio-temporales, que la convierten en un laberinto temporal. Asimismo, trazaba una ambigua frontera entre lo real y lo imaginario, y asociaba la experiencia de la muerte a lo sexual y lo onírico, al referir, por ejemplo el frustrado amor de Pedro Páramo, que tuvo todas las tierras y todo el poder sometiendo a los campesinos, despojándolos de sus derechos, pero no pudo nunca obtener el amor de Susana San Juan. Rulfo juega con paradigmas universales, como la búsqueda del padre que inicia Juan Preciado, al igual que Telémaco en la Odisea, o el viaje al Comala de los muertos, semejante al de Orfeo a los infiernos. La novela trasciende los temas sociales, ahondando en la terrible violencia de las fuerzas divinas, en la degradación del alma humana, acosada por la culpabilidad y los remordimientos. Todo esto, convierte le novela en una pieza excepcional, sobre todo, por la construcción de un lenguaje que, siendo único e irrepetible, encarna el sentimiento colectivo de los campesinos de su Jalisco natal.
Al igual que Rulfo, Roa Bastos fue un excelente cuentista, que antes de su celebrada novela Yo, el supremo (1974), publicó El trueno entre las hojas (cuentos, 1953), Hijo de hombre (1960). En el cuento “Moriencia” asistimos a la puesta en escena del estar muriéndose desde el nacer. En la escritura se materializa desde el poder de la palabra y de la muerte del personaje Chepé Bolívar, el protagonista, se ofrecen distintas versiones. Lo importante es el poder que alcanza el acto de nombrar, porque el personaje cobra vida, resucita, al ser nombrado. Algo similar se plantea en Yo, el supremo, novela que presenta la figura del dictador, pero se trata también en este caso de un personaje único. La obra se inscribe dentro de la saga de novelas de dictadores que, entre los sesenta y los setenta, se escriben en América Latina, siguiendo el modelo valleinclanesco de Tirano Banderas. Son figuras históricas, como el mexicano Porfirio Díaz que, al igual que Gaspar Rodríguez de Francia “El supremo” de Roa Bastos, responden al modelo del dictador ilustrado.
Augusto Roa Bastos en Yo, el Supremo no se limita a dar cuenta de la biografía de José Gaspar Rodríguez de Francia (1776-1840), cuya vida fue más que novelesca. Empezó como dictador temporal en 1814 y dos años después se hizo perpetuo. Con mano de hierro hizo del país una isla autosuficiente, hasta 1871 cuando Uruguay, Argentina y Brasil lo arrasaron. Roa Bastos se vale de personas y documentos históricos, que sazona con la ficción, de modo que esta novela es también una lectura de las versiones de la historia fundacional del Paraguay.
El autor muestra de qué manera los documentos son manipulados, falsificados por el ayudante del dictador, quien abruma con circulares, decretos, documentos públicos. Así como el notario que recoge las escrituras públicas y las organiza de acuerdo a las necesidades de la novela. El libro se acaba convirtiendo en alegoría de la escritura, de su poder, pero también de su distorsión y, a la vez, de su sangrante forma de imponerse. El dictador es como un dios todopoderoso que lleva una vida secreta y austera, que sale por las noches sin que nadie lo identifique y al que solo se le conoce de oídas. Su pueblo es diligente y disciplinado, tiene asistencia social, pero no conoce la libertad.
Al contrario que Rulfo, Roa Bastos se enfrenta al reto de fundar la literatura nacional al no tener detrás una tradición que seguir o ante la cual discrepar. El resultado es esta propuesta que fluctúa entre el ensayo y la novela y que recurre a distintas textualidades enfrentadas a la oralidad, capaces de manipular los rumores y de cambiar la visión que se tiene de la historia.
Gabriel García Márquez, lo sabemos, tiene en común con Roa y Rulfo el haberse iniciado en la literatura con cuentos sorprendentes y con relatos y crónicas periodísticas de gran impacto entre sus lectores. Cien años de soledad (1967) alcanzó un éxito clamoroso desde el momento de su aparición, tanto que la obra la sitúa entre los dos libros más leídos de la literatura en lengua española al lado de El Quijote.
Quiero recordar una anécdota que une a Rulfo y a García Márquez, que se ha repetido en distintas ocasiones, y que demuestra la generosidad intelectual de Mutis. García Márquez tenía 32 años y se había instalado en México para escribir Cien años de soledad. Entonces, Mutis, que ya se había convertido en gran amigo, le dijo: “Lea esta vaina, carajo, para que aprenda” y le entregó Pedro Páramo, cuya lectura iluminó el horizonte de García Márquez. Éste, confesaría que se encontraba en un callejón sin salida, tras haber publicado cinco libros, que en realidad lo conducirían a Cien años de soledad, solo que por entonces no lo sabía.
La parquedad de Rulfo, que se adentra en el Hades, le permitirá a García Márquez incursionar en las vidas de sus personajes también más allá de la muerte. La novela funda un universo, el de Macondo, recreando el mito de la Arcadia fundante y su prosperidad, que coincide con la bonanza del pueblo gracias a la explotación de las plantaciones de banano por parte de la compañía norteamericana. Pero vendrá la decadencia y la ruina de las familias que verán cómo esta Arcadia se convierte en Babilonia.
La obra evoca las imágenes obsesivas de la infancia que permanecen vivas en la memoria del autor y que están envueltas de una atmósfera mágica, como el día que conoció el hielo, experiencia que, curiosamente, también recuerda el poeta Rubén Darío. La imaginación desbordante despliega lo fantástico en el relato con sucesos como la epidemia del insomnio y la lluvia de flores amarillas. Esta prodigiosa inventiva, además del virtuoso del autor, contrasta con el riguroso ordenamiento de la historia, que sitúa al libro al lado de textos como la Biblia o Las mil y una noches. Y es, sin duda, el sortilegio que atrapa al lector lo que ha garantizado su popularidad, entre otras cosas, por las múltiples interpretaciones que pueden hacerse de la historia.

domingo, 9 de abril de 2017

Colombia, ¿tiempos de paz? 9 de abril de 1948

En un día como hoy, hace 69 años, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, el candidato del partido liberal que mayor apoyo popular alcanzó en la historia de Colombia. El magnicidio dejó una herida tan profunda en los colombianos que, paralizados por el horror y el miedo, borraron de su memoria los momentos gloriosos de su ascenso como tribuno del pueblo. Considerado el primer líder social, Gaitán había calado hondo en el corazón de los más humildes convocando adhesiones con un discurso sencillo y sincero: “No soy un hombre, soy un pueblo”, palabras en las que insistiría y que se quedaron grabadas en la piedra de los monumentos levantados en su honor.
El día de la postulación de su candidatura a la presidencia de la República, la capital vio desfilar delegaciones de los lugares más apartados del país que acudían para mostrar su adhesión al líder. Estremece el reportaje que sobre ese día filmaron los célebres cineastas Acevedo, la apoteósica manifestación popular, el riguroso y solemne desfile del gremio de choferes engalanados con carteles. La fervorosa agitación de pañuelos saludando al candidato; las bandas de música, las representaciones de los sindicatos y de las distintas agrupaciones cívicas que se agolparon en la plaza de toros. Acusado tanto de comunista como de fascista, Gaitán fue un liberal demócrata reformista que entendió la necesidad de resolver las vergonzosas desigualdades del país, con políticas sociales destinadas a las clases menos favorecidas.
Como señaló Osorio Lizarazo, refiriendo los comienzos de la carrera política de Gaitán, cuando era un estudiante de Derecho y un precoz agitador de multitudes, aprendió “en carne viva que la angustia del pueblo sólo tiene solución en la determinación del mismo pueblo de modificar su destino, y que el hombre sensible con responsabilidad debía encabritar ese anhelo y no ponerse a tomar cerveza y a discutir teoría”. Pensaba, sin duda en los intelectuales de su generación que, bajo la etiqueta de “Los Nuevos”, se reunían en el café Windsor de Bogotá y de los que Gaitán se distanciaba, ya que sus preocupaciones, más que estéticas, eran profundamente sociales.
Para el historiador David Bushnell, “Gaitán no llegó nunca a articular un programa político definido. Hablaba vagamente de socialismo pero no era marxista, si bien algunos planteamientos del marxismo habían influido en su pensamiento. Sin duda, se proponía ir más allá que [el presidente liberal] López Pumarejo en lo referente a la intervención estatal en la economía y la promoción de la reforma laboral y el bienestar social, pero las diferencias eran solamente de grado, no de esencia.” Según este historiador, jugó en su contra “la manera cómo se expresaba” cuando se refería a los poderes hegemónicos que denominaba “oligarquías”. Pero fue, precisamente, esa manera suya lo que le permitió conectar con las masas que se sintieron representadas en esa voz.
Recogiendo los testimonios de quienes lo conocieron, Arturo Alape da cuenta del poderoso influjo de su verbo sonoro en la memoria colectiva: “Es que cuando uno vuelve a escuchar su Voz [uno] se transporta. Y ve al jefe rasgándose por dentro al pronunciar sus discursos y revive la sinceridad con que él hablaba”, confiesa un hombre humilde, sumido en el dolor y el desencanto por ese sueño que estalló en pedazos, cuando el asesinato del líder desató un incendio de dimensiones apocalípticas en el que la turba enloquecida perdió su norte.
Pero el fenómeno de Gaitán no fue un caso único en la historia de América Latina. Por entonces, también en Argentina comenzaría el ascenso de líderes con amplio apoyo popular como Juan Domingo Perón, a quién la historia sí le dio la oportunidad de cambiar los destinos de su país. Entre luces y sombras, su impronta dejó una huella indeleble, aunque históricamente discutida. La misma suerte corrió Rómulo Betancourt, en Venezuela, fundador del partido Acción Democrática que subió a la presidencia en 1945. A Gaitán, en cambio, le fue arrebatado ese derecho que parecía otorgarle el pueblo. No sabemos lo que hubiera sido de nosotros los colombianos si este jurista apasionado hubiese llegado al poder. Él ya había demostrado coraje cuando llevó al Congreso el debate sobre la masacre de las bananeras en 1929 con una abrumadora cantidad de testimonios y documentos. Lo cierto es que sin Gaitán hemos transitado a la deriva en una espiral de violencia que, con el paso de los años, no ha hecho más que sumar nuevos factores al conflicto.
El propio Gaitán ya convocaba la paz en las célebres marchas de las antorchas y del silencio. En esta última, dos días antes de su asesinato, elevaba un ruego al entonces presidente Ospina para que detuviese la matanza de liberales por parte de las fuerzas del orden. “Señor Presidente: En esta ocasión no os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no transite por caminos que nos avergüencen ante propios y extraños. ¡Os pedimos hechos de paz y de civilización!”.
Tras la firma de la paz con la guerrilla de las FARC, la comunidad internacional da por resuelto el conflicto colombiano, y ni siquiera se pregunta qué sucede actualmente al interior del país. No se tiene en cuenta que uno de los problemas más graves que afronta Colombia es el de la tenencia de la tierra, ya que en un porcentaje altísimo no está formalizada. Esto ha favorecido que unos pocos, apoyados por ejércitos privados, se apropien y controlen territorios para la explotación de sus recursos, y para el transporte de productos de manera ilícita. Este brutal ejercicio de poder explica que en el país los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, sin hablar de los millones de desplazados por ese motivo, y que requieren con urgencia políticas destinadas a su reinserción social. ¿Cómo instaurar la paz con semejantes asimetrías?
Gaitán se proponía combatir los privilegios que desencadenan la violencia por la injusticia y las desigualdades que fomentan. Como concluye Osorio Lizarazo, Gaitán: “Encarnaba la superación de todo un periodo histórico social y la reducción de las jerarquías y de las aristocracias, las oligarquías, de todo lo que fuera privilegio. Es muy posible que el advenimiento de Gaitán a la presidencia de la República no hubiera implicado una revolución definitiva; pero al propio tiempo era indudable que nada sería bajo su gobierno idéntico a lo que había sido”. Y a lo que fue después.