Buscar en este blog

lunes, 19 de septiembre de 2016

Juan Gustavo Cobo Borda y sus Papeles americanos

El recuerdo que tengo de Juan Gustavo Cobo Borda es tan grato que me resulta muy emotivo presentar este libro suyo que traza la cartografía de sus pasiones. Cuando lo conocí, hacia finales de los setenta, Cobo era una suerte de enfant terrible que sacudía el ambiente intelectual bogotano con sus opiniones sobre la literatura colombiana. Ocupaba por entonces el cargo de asesor del Instituto Colombiano de Cultura donde también era director de publicaciones. Antes había sido gerente de la mítica librería Bücholz, un paraíso para quien sucumbía a la devoradora pasión de la lectura. Allí encontró cuanto ambicionaba como lector. De alguna manera se cumplía su deseo de tener todos los libros, y de contar con el tiempo para leerlos y reseñarlos. De estos años nos dice el propio Cobo:
"Abandoné cualquier posible carrera universitaria —derecho, filosofía, idiomas— por ser gerente de una librería de siete pisos, en pleno centro de Bogotá. Era la librería Bücholz, en la Avenida Jiménez de Quesada con la carrera octava. Sería el año de 1968. Luego, durante ocho años, a partir de 1975, fui editor de 300 títulos en el Instituto Colombiano de Cultura."
En estos 300 títulos a los que se refiere, Cobo Borda rescató para nosotros una tradición literaria enterrada debido quizás a nuestra producción crítica pobre, cargada de prejuicios y académicamente cerrada, o simplemente ignorante del proceso de la literatura en el país. Gracias a él recuperamos la obra de un novelista como Osorio Lizarazo que cuestionó la idea de muchos profesores respecto a la inexistencia de una literatura urbana en Colombia, anterior a las novelas Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo, o Los parientes de Ester de Luis Fayad, publicadas a finales de los setenta. Muy pocos por entonces habían leído Casa de vecindad de Osorio Lizarazo, que en los años treinta, a manera de diario, ya nos revelaba los conflictos del individuo en la ciudad.
La Biblioteca básica, fue el nombre de esta colección que puso a nuestro alcance un ensayista excepcional como Baldomero Sanín Cano, contemporáneo de José Asunción Silva, que quedó rezagado porque no se le pudo aplicar la etiqueta de modernista. Éste atravesó todo un siglo y estuvo por encima del provincialismo o el cosmopolitismo de su época. Finalmente ocupó un lugar en el paradigmático trabajo de José Miguel Oviedo, que lo sitúa más cerca de la posmodernidad.
Así, Cobo amplió el corpus de nuestra literatura y también nuestros horizontes mentales. Si bien se mostraba irreverente con los manuales de literatura y escandalizaba con su desdén y sus tajantes descalificaciones, libros suyos como La alegría de leer (1976) y La tradición de la pobreza (1980) o Antología de la poesía hispanoamericana (1985) y son un referente. Allí nos invitaba a despojarnos de la pereza de pensar; de la erudición sobre el pensamiento, y del elogio sobre la crítica. Sobre esta actitud suya nos dirá:
"[…] me gusta escribir sobre los libros que amo y denigrar de los que detesto, aun cuando, como me lo recordaba Guillermo Sucre, la lucidez también es errática y cruel. No hay que permitir que ella nos convierta en jueces. Sin embargo, ambos ejercicios —amar y odiar por escrito, razonándolo— agilizan la prosa y vuelven mucho más preciso el gusto. Se aprende a concretar admiraciones y desprecios, tarea tan necesaria en estas tierras yermas y pusilánimes."
Cobo Borda también nos enseñó a apreciar de otra manera la obra del polémico ensayista Germán Arciniegas, de quien retoma su vocación americana, pero en su caso, alejada de las consignas políticas. Esto explica el título del libro que refiero: Papeles americanos con el que el Instituto Caro y Cuervo le rinde un homenaje. Me parece a mí que Cobo comparte con Arciniegas cierta irreverencia. No hay que olvidar que el autor del conmovedor ensayo América tierra firme, se propuso volver del revés nuestra histórica enseñándonos lo mucho que América aporto a los europeos.
Además, Cobo Borda comparte con Borges su actitud de “no tomarse demasiado en serio”, que atraviesa sus primeros poemas, en libros como Ofrenda en el altar del bolero (1981), pero que derivará en la búsqueda del goce sensual, como él mismo explica:
“[…] aspiro a que mis poemas expresen el goce y el encanto, la emotividad honesta y la dicha a flor de piel. Mi perplejidad oblicua y mi furia purificada. Como dice el maestro Obregón: mi oficio es estar inspirado”.
Precisamente, Borges es para Cobo Borda una pasión irrenunciable. No en vano, el primer artículo de Papeles americanos se titula "Volver a Borges" una visita que empieza con los orígenes literarios del autor en España, pasando por su descubrimiento de las calles de Buenos Aires, después por sus arrabales, hasta la provincia donde se reencuentra con la tradición gauchesca para acabar perdiéndose en lejanas en remotas tradiciones, buscando a los muchos Borges que fue.
Cobo Borda traza de este modo una cartografía, a la vez que señala convergencias, puntos de encuentro en el tiempo y en el espacio. Del México de Octavio Paz nos lleva al Buenos Aires de Cortázar. Siguimos con él azarosas travesías como las de sirios y libaneses que llegaron a Colombia y arraigaron en el país. Meira del Mar, Luis Fayad y Giovanni Quesseps, autores que hacen parte del canon de nuestra literatura, son ejemplo de ello. Sorprende su capacidad para establecer conexiones, su aguda mirada cuando lee entre líneas lo que no es evidente para el lector, o cuando descubre la humanidad del autor y pone en evidencia sus contradicciones, como en el caso de Pablo Neruda.
También podríamos trazar una genealogía y una cartografía del propio Cobo Borda que lo situaría en su ciudad natal, primero en los claustros de la Universidad Nacional, que abandona para entregarse a los libros. Luego en la mítica librería Bücholz de la avenida Jiménez de Quezada donde también dirigió la revista Eco -que tuvo como redactores, además de Cobo Borda, a José María Castellet-. Años después como director de publicaciones de Colcultura y de la revista Gazeta que nos deleitó con monográficos a través de los cuales nos pusimos al día con la literatura que se escribía en nuestros países vecinos, por entonces. Posteriormente lo veríamos como subdirector de la Biblioteca Nacional y más tarde, como diplomático en Buenos Aires, Madrid y Atenas, siempre en relación con los libros; hasta llegar a la biblioteca de su casa desde donde nos habla.
He de aprovechar esta ocasión para manifestar lo mucho que debo a Juan Gustavo Cobo Borda como colombiana y como escritora. Agradezco, por encima de todo, el privilegio de una amistad en la distancia, su reconocimiento emocionado de alguna lectura y más de una oportunidad, que me permitió seguir adelante en este incierto camino de la escritura. Cierro este homenaje con unos versos suyos impregnados de tensa y contenida rebeldía, donde presentimos al poeta en diálogo consigo mismo.
Escribir como se nos da la gana,
sin laúd,
un idioma para ladrar desde las tablas del escenario.
No esta literatura, como dijo Martín Adán,
que 'huele a ropero de vieja
con vagos efluvios de tomillo,
llena de vagos pecados que no llegan a cometerse'.
¿Pero se puede acaso escribir sin censura,
vale la pena decir todo?
Se hizo la pregunta a sí mismo
pero era en realidad una pregunta retórica.
Tomado del poema “Poesía y naturaleza: relaciones oblicuas”.