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sábado, 31 de octubre de 2015

Abilio Estévez, Archipiélagos

Abilio Estévez pertenece a la estirpe de narradores-poetas, ajena al panfleto y al resentimiento de ciertos escritores que parecen escribir desde la rabia. En su búsqueda de una verdad esquiva, nos instala entre el sueño y la vigilia en narraciones que se instalan isla de Cuba y, en particular, la ciudad de La Habana.
Indagando en los hechos históricos y explorando los sueños individuales y colectivos, Estévez recorre, por un lado, momentos y espacios emblemáticos de la ciudad; por otro, aborda la geografía del cuerpo concebido, a veces, como un frondoso jardín que envuelve, embriaga y adormece y cuyo descubrimiento resulta liberador. Conocimiento y deseo están íntimamente unidos en su universo narrativo, de la misma manera que historia, mito, sueño y ficción se se entrelazan. Sin embargo, el autor busca una lengua propia, un lenguaje único y personal. La atmósfera que impregna sus narraciones crea una nueva realidad, distinta del relato de la historia o de la crónica periodística.
Historia, mito y ficción mezclados y combinados coherentemente, constituyen el mundo narrativo de Estévez desde Tuyo es el reino (1997) donde la decadencia se presenta bajo la forma de un vetusto edificio entre una exuberante vegetación y fantasmales estatuas, símbolo de la inercia de sus habitantes; pasando por Los palacios distantes (2002), cuyo protagonista es un cuarentón vencido, despojado de la casa en la que vive y que se encuentra con una jinetera; o Inventario secreto de La Habana (2004), un viaje sentimental por los rincones ocultos y marginales de esta ciudad; también en El navegante dormido (2008) que nos instala de nuevo en un caserón viejo habitado por una familia de fracasados que espera la llegada de un huracán devastador; igualmente en El bailarín ruso de Montecarlo (2010) cuyo protagonista abandona Cuba aprovechando la invitación de una universidad española; o en El año del calipso (2012) viaje de búsqueda del joven que fantasea con su deseo tras nuevas y liberadoras vivencias.
En Archipiélagos el autor vuelve a la isla de Cuba, esta vez, durante el despótico periodo del general Gerardo Machado, derrocado 1933, lo que dio lugar a una revuelta popular, al saqueo de viviendas, a linchamientos e incendios. La novela da cuenta de ese episodio a través de los personajes que comentan los hechos.Sin tener un papel protagonista, los caudillos surgen como fantasmas en las conversaciones de la gente común que habita el universo de Archipiélagos: un boxeador, un constructor de barcos, una sirvienta, el portero de un burdel, una maestra, una cantante de boleros, un guitarrista, todos ellos mulatos, mestizos, ricos, pobres, poderosos o marginales, que dan cuenta de la diversidad cultural y étnica de la isla. Cada uno de ellos constituye un hilo narrativo con el que se teje una historia que se va haciendo y deshaciendo en saltos temporales.
Precisamente, estas gentes, surgidas de la masa, son quienes adquieren fuerza en la novela por encima de los mitos fundacionales, como Martí, que se quedan en el nivel de la anécdota, y que se fijan en la memoria colectiva como los rumores. De estas gentes que carecen de conocimientos formales, pero que poseen una gran sabiduría, emerge una verdad que pone en cuestión las ideas demasiado abstractas de los líderes e intelectuales que intentaron darle forma a esa realidad llamada Cuba. Estos personajes viven las contradicciones históricas, expresan los matices de una cultura diversa que vive en distintas temporalidades. El cosmopolitismo convive con el provincialismo y el sentimiento de insularidad, el abandono y pasividad, o más bien, de la resignación de las gentes ante las fatalidades del destino, que son poco o nada frente las manifestaciones de la naturaleza que arrasa con lo que el ser humano a construido. Estévez refiere la decadencia y el deterioro, que no es solo el resultado de la imbatible fuerza de la naturaleza tropical, que se impone sobre todo intento civilizador como el huracán de 1926 que arrasó con barrios enteros, construcciones, árboles, calles, trenes y carreteras y obligó a los habitantes de la isla a levantarse de los despojos y empezar de nuevo. El narrador, José Isabel Masó, es un sobreviviente de las catástrofes, cronista nacido en 1917, como el poeta sonámbulo rescata para nosotros girones de realidad de donde emergen personajes, episodios de la historia, pero también sueños, fantasías y recuerdos. Su relato comienza con la imagen de un joven combatiente muerto a machetazos en agosto de 1933. Los ojos de Masó se hunden el pantano en que cae ese cuerpo. El fantasma del muchacho está presente en su memoria. Es un fantasma que ronda entre la niebla, el fango, las malas hierbas y la humedad. Masó queda atrapado en un instante entre la vida y la muerte, la vigilia y el sueño. Los personajes de su historia están muertos y solo viven gracias a él en el relato: «Solo yo estoy vivo. El superviviente soy yo, el más joven. Y, no puedo negarlo (sea dicho sin ironía), a veces lo dudo. Lo dudo cuando recuerdo el muerto en el pantano aquel día de agosto de 1933», afirma.
El relato nos conduce de La torre bermeja a La Estrella de Occidente: del burdel a la fonda que congrega a la gente, puntos de encuentro y de iniciación por los que pasa la historia entre rumores y donde los muertos se mezclan con los vivos. Ezequías, el exboxeador, la cantante Penumbra, el guitarrista Lince pasan como en una película al lado del muchacho del pantano y de Manila, el travesti que le descubre a Masó los misterios del cuerpo, en un juego de espejos. En cambio la atalaya de los Blanchet, la biblioteca, es el lugar mágico que encierra la posibilidad de emprender muchos viajes de huida hacia la fantasía. Los saqueadores de la revuelta encuentran en la atalaya el astrolabio que guardan como un talismán en un lugar inesperado.
Estévez muestra en Archipiélagos que la realidad intangible de la isla solo es un punto de la geografía y, sin embargo, ese punto contiene el infinito, es el aleph borgiano que nos revela otras formas de mirar la historia y, a la vez, nos descubre insólitos parajes del alma humana.
*Abilio Estévez, Archipiélagos, Barcelona, Tusquets, 2015, 461 páginas Abilio Estévez en Casa América, Madrid, 28 de octubre de 2015