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domingo, 18 de enero de 2015

Juan Pérez Jolote

«A los tres días nació, el Niño Dios no tenía que comer y sufrió mucho San José y le dijo a la Virgen: “¿Qué vamos a comer, hijita?” Entonces, el Niño dijo: “Si no tienen qué comer, voy a trabajar”. Nadie sabe de dónde sacó las herramientas, cuando se puso a hacer una puerta de un tronco que le dio un hombre; pero el tronco era corto para hacer la puerta. Entonces le dijo San José: “Está muy corto el tronco, no alcanza”. “Va a ver cómo alcanza”, dijo el Niño. Y cogió el tronco, lo estiró como si fuera un lazo, y hasta sobró.
»Entonces supo la gente que había estirado un palo, y lo buscaron para matarlo. Entonces se fueron sobre los pueblos, por los cerros, huyendo para salvarse.
»En un pueblo llegó a trabajar e hizo milpa, en un lugar donde había muchas moscas que le picaban. Allí dijo: “Les voy a hacer una cena para que vean que soy trabajador”. En seguida, mandó a hacer una cruz con un carpintero. Cuando el carpintero le dijo a San José: “aquí está la cruz”, San José la entregó al Salvador. Entonces éste le dijo a los judíos: “No se coman a mis hijos; por eso estoy yo aquí, cómanme a mí”. Y se clavó en la cruz.»
Así narra Juan Pérez Jolote el nacimiento y la pasión de Cristo a los indígenas de la comunidad tzotzil a la que pertenece. Se trata del fascínate relato del antropólogo mexicano Ricardo Pozas Arciniega (1912-1994). Con humildad y respeto, este maestro supo sumergirse en el mundo de los tzotzil para ofrecernos una visión muy distinta del llamado indigenismo de autores como Jorge Icaza, cuya ideología burguesa, por lo general, distorsiona la imagen del indígena con juicios de valor y opiniones preconcebidas. Juan Pérez Jolote (México, Fondo de Cultura Económica, 1952), publicado por primera vez en 1948 es una narración de otra índole por su ritmo y economía de recursos, que nos presenta el alma indígena en una desnudez pasmosa.
Si bien, Pozas Arciniega se refiere en la introducción de este libro al tipo de economía que determina las relaciones de los miembros de la comunidad tzotzil con los ladinos, el relato se centra, en primera instancia, en el individuo en su entorno familiar y en su comunidad. Juan Pérez Jolote nos informa sobre las relaciones de parentesco, los rituales de los tzotzil. Ilustra su proceso formativo, la huida de la casa paterna para entrar en contacto con los ladinos, primero como trabajador y luego como soldado, durante el periodo de la Revolución Mexicana. Asimismo, narra la vuelta al hogar para cumplir con el destino de la estirpe: reproducir los patrones culturales de los que emerge.
Los primeros años de Juan Pérez Jolote están marcados por la dureza y la crueldad de un padre que lo obliga a trabajar en el campo desde la más tierna infancia. Aunque nos hiera esa dureza podemos entender que con ello se pretende doblegar la naturaleza, de la misma manera que se golpea la tierra para que dé frutos. La madre conmovida por el dolor del hijo no puede protegerlo. Como en cualquier novela de Dickens, Juan Pérez Jolote, al huir de su hogar se ve obligado por la pobreza a trabajar para ganarse el sustento. De casa en casa, es vendido por unos y por otros, forzado a pagar las deudas ajenas con trabajo, hasta que se alista como soldado, unas veces con las tropas carrancistas y otras veces con los contrarios.
Como telón de fondo percibimos la presencia del Estado cuando se denuncian los abusos cometidos contra el que suponen “huérfano”, y se le pregunta al niño con quién desea permanecer. También cuando recibe su paga como soldado y una educación que incluye el aprendizaje de la lengua “castilla”, lo que implica el olvido de la propia. Al volver a su comunidad, convertido en adulto, Juan se siente ajeno y avergonzado por tener que llevar el chamarro de lana de los indígenas.
Como lectores, igual que el autor, debemos despojarnos de nuestros prejuicios. El relato cambia nuestra visión del mundo indígena respecto a la “crueldad” con los menores, el alcoholismo o el sexo. La dureza del terreno exige gran esfuerzo para hacerlo fértil, obliga a aprender a fuerza de pala y azadón. De la misma manera se aprende el respeto a los mayores o la perfección de un oficio. El padre no se comportará igual con el niño que con el hijo adulto. Este cuenta con todo el respeto y la consideración. Las relaciones familiares se sellan con los poderosos lazos de la tradición: el culto a los antepasados, el amor por la tierra y el temor a las fuerzas de la naturaleza. La narración del nacimiento, pasión y muerte de Cristo evidencia el sincretismo cultural. La coincidencia de los relatos en los que se basa la confianza del indígena en sus dioses tutelares; el enfrentamiento entre las fuerzas del bien y del mal; la moral basada en la seguridad de que las malas acciones se castigarán en el más allá.
Sobre la ceremonia del Día de los Muertos, que evoca a los antepasados, dice Juan: «En todas las casas había candela, y de seguro estaban allí las ánimas que habían salido a visitar a sus parientes. Llegó mi padre con sus hermanos, cuñados y conocidos a tomar trago. Tomaron una copa y empezaron a hablar». Juan alude al carnaval en el que se recuerda a los dioses: los mitos del origen. Así explica que las lágrimas de Chulmetic impiden la vuelta de los muertos, y sólo regresan las ánimas a visitar los parientes. Estos se reúnen para recibirlas con comida, honrando así a los suyos.
De la misma manera, este relato da cuenta de la ceremonia del casamiento en la que se debe demostrar una fidelidad sin fisuras a las costumbres. Esto implica compartir trago y obedecer a los padres de la novia, por la que se debe pagar una dote. El dinero de la dote se obtiene con la paga del trabajo en las fincas de los ladinos, a donde se acude en distintos periodos del año. No falta la ternura en la relación amorosa ni en las filiales. Pero en ese universo cerrado, casi mudo, el indígena no recurre a justificaciones discursivas: demuestra con los actos sus sentimientos y deseos; le susurra a la tierra y vuelve los ojos a las estrellas en busca de respuestas. Así ocurrían las cosas en Chamula en los años treinta y en la actualidad, pues se trata de una de las comunidades más conservadoras en México. Diseminados en parajes por las montañas del altiplano de San Cristóbal, cerca a la ciudad de Las Casas donde estallaría la rebelión liderada por el subcomandante Marcos.
Cuenta el maestro Pozas que una vez terminado su relato fue a buscar a Juan Pérez Jolote para leérselo y se lo encontró en un lamentable estado de alcoholismo. Pero al darse cuenta de que allí estaba expuesta su vida reaccionó enérgico diciendo: “Yo quiero vivir”. Esa desgarradora frase con la que se cierra el relato resume el valor de la vida, incluso en una comunidad pobre y alcoholizada, debido no solo al papel que la bebida cumple en las relaciones sociales, sino a factores económicos como la producción y distribución de aguardiente, y a lo que sin duda aporta a sus productores.