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lunes, 22 de diciembre de 2014

Elizabeth Mirabal, La isla de las mujeres tristes

Celebro efusivamente este Primer Premio Iberoamericano de Novela Verbum 2014 concedido a Elizabeth Mirabal, un reconocimiento estimulante para quienes escribimos, y para quienes leemos, pues nos ha descubierto a una narradora joven a quien se le abre un fulgurante comienzo, con una novela en la que se arriesga en su búsqueda formal sin pretender deslumbrarnos con experimentalismos ni efectos “especiales”. Su lenguaje es fluido, sencillo, pero singular, yo diría que muy personal.
La isla de las mujeres tristes nos instala en una época, particularmente evocadora para el mundo hispánico: finales del siglo XIX y principios del XX. Cautiva por varias razones, en primer lugar, por los temas que aborda: el amor, la historia de Cuba, las relaciones familiares, la representación de la nación desde distintos modelos y propuestas, el arte y la literatura; en segundo lugar, por su atmósfera: el ambiente de una familia aristocrática y culta en la Habana, en una época plena de decadentismo, simbolismo, de esteticismo modernista y de sensualismo exaltado; en tercer lugar, por tratarse de universo íntimo de seis mujeres, quienes giran alrededor del recuerdo de la hermana, que fallece a los diecinueve años a causa de la tuberculosis. Este grupo familiar no deja de recordarnos a las hermanas Ocampo, en la Buenos Aires de comienzos del siglo XX, encerradas en la placidez del hogar entregadas a la literatura, la música y el arte, embriagadas por ansias “de infinito”, que fluyen a través del hilo de la escritura y que trascienden las puertas del hogar burgués. Su protagonista es la poeta y pintora Juana Borrero, quien deja versos memorables, cartas y escritos, que deberían sumarse a la biblioteca modernista, más allá de la Isla de Cuba. Sus poemas aparecieron en la antología Grupo de familia, poesías de los Borrero (1895), año en que apareció el único libro de poesía que ella publicaría: Rimas. Fueron publicados en revistas como La Habana Elegante. Su extenso epistolario se editó en dos volúmenes, en La Habana, entre 1966 y 1967. Este universo femenino nos instala en una nube de idealidad, de aparente lejanía respecto a la realidad, y asombra cuando vemos que se trata de una novela inspirada en personajes históricos fascinantes. Juana Borrero nace en 1877 y fallece en 1896, un año después de José Martí, es decir, en medio de la guerra de independencia. La fecha es paradigmática porque coincide con la muerte del modernista colombiano José Asunción Silva y está muy próxima a la de su compatriota Julián del Casal, quien la inmortaliza en unos versos que parecen explicar su poética, como la famosa «Ultima rima» en la que reconocemos los ritmos de Darío. Son versos, al parecer, dictados a las puertas de la muerte, cuando no le quedaban fuerzas para escribir.
«Mi novio soñado de dulce mirada, / cuando tú con tus labios me beses / bésame sin fuego, sin fiebre y sin ansias. / Dame el beso soñado en mis noches, / en mis noches tristes de penas y lágrimas, / que me deje una estrella en los labios/ y un tenue perfume de nardo en el alma.» A lo que Casal parece responder en «Virgen triste»: «Nada de la existencia tu ánimo encanta; / quien te habla de placeres tus nervios crispa; / y terrores secretos en ti levanta, / como si te acosase tenaz avispa / o brotaran serpientes bajo tu planta.» Coincido con Abilio Estévez en que esta es una novela «extraordinariamente bien escrita, llena de sutilezas, de una sensibilidad y una inteligencia conmovedoras», que disimula sus «búsquedas formales». A ellos tendría que añadir el sentido del humor, la ironía e ingenio de la autora, que recurre a distintos procedimientos narrativos para informar al lector sin abrumarlo con datos: cartas, diarios, recortes de periódico. Estos materiales sirven para trasladarnos por distintas épocas de la vida de las Borrero que sobreviven, o para introducir otras voces y miradas, pues cada una de las hermanas ofrece una particular perspectiva íntima y a la vez histórica.
Y es que la obra no se limita a reseñar el devenir de la familia Borrero, ya que aborda además el traumático proceso de la historia de Cuba a través de los destinos de sus personajes. Al mismo tiempo, revisa el canon de la literatura al colocar en el centro de su universo una obra precoz, la particular mirada “femenina” de Juana Borrero, tan escasa en la nómina modernista.
Los difíciles amores entre Carlos Pío y Juana Borrero nos sitúan entre el Romanticismo y el decadentismo: ella muere de tuberculosis y él en la guerra de independencia. Esos amores se mantienen en la clandestinidad por la oposición del padre, pero es mucho más que esta anécdota por interesante que nos parezca. Abarca casi un siglo de la historia de Cuba, ya que una de las hermanas, a una edad avanzada, comparte con el lector los recuerdos. Los desplazamientos de la familia también aportan otras miradas como la que tienen de Cuba ciertos americanos. Y es que la familia tuvo que exiliarse por su implicación en las luchas independentistas. Aquí no se soslayan los datos históricos, como el viaje en 1892 en que Juana acompaña a su padre a Nueva York, donde se encontró con José Martí, quien organizó una velada en su honor.
La novela desmonta mitos o figuras paradigmáticas, como el propio José Martí y a Julián del Casal, cuya estética quedó relegada por la crítica oficial en Cuba. Sin embargo, en estas dos figuras se proyectan ideales que ponen en tensión afinidades, rechazos y opciones debidas a distintas lecturas e interpretaciones de sus obras. De hecho, en los últimos años Casal ha sido reivindicado, supongo que también como respuesta a la visión oficial y hegemónica de la literatura que puso a Martí en el lugar más elevado del canon. La poesía de Casal, por cierto, se puede consultar actualmente una edición de la editorial Verbum de 2001. Confío en que los lectores disfruten de la la embriagadora atmósfera de esta novela que recomiendo vívamente.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Jorge Urrutia, entre la experimentación y el simbolismo

El panorama generalmente aceptado de la poesía española actual parece dejar de lado aquello que no responda a una poética de la sentimentalidad cotidiana y olvida lo que ha sido una importante búsqueda lingüística, que cuestiona la poesía española desde los sesenta. La descalificación con la posmodernidad de las urgencias políticas, en general, fijó un canon que ignoró la nueva vanguardia marcada por los posestructuralismos, que supo recuperar el concepto de poesía representada en la Generación del Cincuenta por José Ángel Valente: un compromiso ideológico que se plasma en una postura ética de ruptura estética y una nueva mirada sobre la tradición, con poetas de la dimensión de José Miguel Ullán, Jenaro Talens, Jorge Urrutia, Aníbal Núñez, Clara Janés, Antonio Carvajal y Olvido García Valdés, entre otros. Jorge Urrutia* publicó en 1968 La fuente como un pájaro escondido, un libro considerado experimental por Francisco Umbral, quien en el momento de su aparición señaló, eso sí, la “provisionalidad” e “inmadurez” de las formas utilizadas, así como su “urgencia”, debidas a la juventud de un poeta con escasos 23 años. El libro se plantea como “ejercicios”, es decir, no se concibe como un producto acabado ni definitivo. Da cuenta del paso del poeta por distintos lugares, en su búsqueda de la poesía. Uno de los poemas señala el encuentro con la mujer como fuente de inspiración y representación del universo. El último, titulado “Fonética naumática”, se cierra anunciando la renovación del verbo en los versos finales: “las canciones cantadas se perderán al fin. / Y será ya el momento de prepararnos todos, / de afinar cada voz y entonarlas a tiempo / para empezar de un brío el himno nuevo”. El término naumática, procede del latín naumachia, del griego antiguo ναυμαχία/naumajía, literalmente “combate naval”, que designaba simultáneamente en época romana, tanto al espectáculo en el que se representaba una batalla naval, como al edificio donde ésta se escenificaba, lo que nos sugiere la lucha que ha de emprender el poeta en su intento por renovar las formas.
La palabra clave de la crítica de Umbral es “experimentación”, que la Historia de la literatura española de Ángel Valbuena Prat, en su edición de 1983, destacaba también en dos libros de Urrutia fundamentales en la poesía del momento: Del estado, evolución y permanencia del ánimo (1979) y El grado fiero de la escritura (1977). Ambos son paradigmáticos de lo que podría considerarse una renovación de las formas poéticas en la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, a partir de la investigación lingüística. Sin embargo, este experimentalismo no soslayaba de ninguna manera la tradición, sino que se apropiaba de ella para asignarle nuevos y sorprendentes significados, como señaló Maria Caterina Ruta en su libro Novecento ispano, donde comentó el “Poema ante Jimena de la frontera donde fue el origen del comienzo”, incluido en Del estado, evolución y permanencia del ánimo. El poema se abre con un epígrafe de Octavio Paz y empieza con el conocido verso con el que Enrique González Martínez pretende liquidar el modernismo, que Urrutia combina con la estética juaramoniana: “Tuércele el cuello al cisne, así es la rosa, / el castillo truncado, / el pueblo vertiéndose en sus olas, / el puente que recobra su tallo y que lo anilla, / el lago vegetal que lo sostiene.” La crítica italiana señaló de qué manera se combinan aquí los símbolos de la rosa y el cisne, en un contexto completamente diferente al modernista y el de la poesía pura, en cuanto el verbo “torcer” sugiere una violencia física y espiritual. Este libro llamó la atención no solo de la crítica académica, sino que trascendió por su arriesgada apuesta, al plantear una nueva espacialidad para el poema en la página entendida como un universo abierto: horizontalidad/ verticalidad, doble columna, espacios en blanco…, así como un juego con la escritura que recurre a las mayúsculas y a las minúsculas para dar o quitar relevancia, y a cierta irreverencia respecto a la sintaxis que se aprecia en la demarcación de pausas sin necesidad de puntuación y en la casi total ausencia de preposiciones o en la desaparición y ausencia de palabras. El efecto es el discurrir del verbo en una profunda y secreta fuente primigenia que fluye a través de un tiempo que el poeta marca con números. Estos encierran en cifras momentos desgarradores de la historia y de la biografía, lo que se entiende como una estrategia de desmitificación o distanciamiento de cualquier planteamiento dramático. Letras, cifras combinadas, fechas, códigos, diversidad de textualidades, desde informes, hasta documentos, combinan prosa y poesía en textos o pre-textos, que en el poema referido indagan en los orígenes, experimentos que no deberían pasarse por alto al referirnos a la poesía española a partir de los setenta. Las antologías poéticas dan cuenta de los procesos de creación, pero de manera parcial porque, si bien canonizan nombres y obras, también excluyen otros. La paradigmática Nueve novísimos (1970), con prólogo de José María Castellet, se convirtió en un referente de la poesía española posterior a la Generación del Cincuenta, pese a la ausencia en ellas de poéticas con preocupaciones sociales y políticas, como las de los integrantes del grupo Claraboya, revista que se editaba en León, y de los nuevos poetas del lenguaje, entre los que se encontraban Jenaro Talens y Jorge Urrutia. De hecho, el crítico Enrique Martín Pardo recogió en su Antología de la joven poesía española (1967) una nómina mucho más comprensiva, en la que se incluían a Agustín Delgado, Antonio Hernández, José Miguel Ullán, Manuel Vázquez Montalbán o Jorge Urrutia, entre otros. Asimismo, el año 1968, la famosa colección El Bardo había publicado el volumen Doce jóvenes poetas españoles con planteamientos estéticos distintos del libro de Castellet y en el que también figuraba Urrutia. Con largos periodos de silencio, como suele ocurrir a algunos poetas de su generación, Jorge Urrutia volvió a publicar en 1985. Delimitaciones constituye un punto de inflexión en su poesía. La palabra está en el centro de las preocupaciones: “Pues la palabra es un sexo entre los labios, / hablar es como amar. // Y esos labios pronuncian”; poesía cargada de erotismo y de referencias clásicas que rinde homenaje a la literatura del XVIII, a géneros como la novela pastoril, o a autores del siglo XX (Vicente Aleixandre o Jorge Luis Borges) en versos como: “¡Trepad del paraíso espaldas como sabios” (“Poema del amor y el silencio”), o “Yo te fundé ciudad, mujer, amor inamovible” (“Reflexión del arquitexto”). Al respecto, el poeta Urrutia afirma que “estos años constituyen un periodo de transición en el que se pasa de la reflexión lingüística a la escritura simbolista”, lo que se perfila definitivamente a partir de Invención del enigma (1991). De ese periodo es también un libro mayor en prosa La travesía (1987). En el volumen Poetas por sí mismos a cargo de Francisco Estévez, Urrutia expone su poética a partir de los planteamientos machadianos sobre el tiempo en Proverbios y cantares: “Hoy es siempre todavía”, afirmación de Machado que le permite fijar una postura ética y estética respecto al poeta, en relación con la historia y con su biografía. Para Urrutia, hay tres posibilidades ante las que el individuo puede asentarse. La primera no es ni siquiera voluntaria, en cuanto le viene dada; la segunda puede ser inmoral si el individuo decide ignorar el “antes que debería afectarnos”. La tercera es la única que estima lúcida y la más “decente”, pero es, a la vez, la más trágica “con el sentido relativo a la lucha, en la que se busca asumir decididamente el presente en tanto que enfrentado con un pasado que debe conocerse y comprenderse en sus consecuencias”. Respecto al poema “Las huellas de la puerta romana”, que José Miguel Ullán consideró en su momento “apasionado en exceso”, Urrutia diría en el volumen referido: “Personalmente creo que existe una clara pasión interna que se contiene en una escritura que únicamente se desborda en los textos en prosa que aparentemente, y solo aparentemente, responden a la escritura automática”.
El poema se cierra con una mezcla de verso y prosa: “Escultores poetas ceramistas quis nunc venit? / Todos por ese millón de labios que se besan en todas las esquinas puertas templos calles despachos aulas cuarteles museos nacionales piscinas salas de conferencias y túneles de metro. / Todos besando labios mordiendo cascos y lamiendo cráneos armas y caballos. / labios que rompen lanzas bajo estos arcos la puerta”. En definitiva, la lucha a la que se refiere el poeta en su intento de afirmación no es otra que la búsqueda de una coherencia entre el individuo y la historia, lo que genera una tensión en el poema.
Puede apreciarse en este ejemplo de qué manera Jorge Urrutia rompe los límites del género para sumergirse en los orígenes no solo de la poesía, sino de la tradición de la que procede. Sus últimos libros, desde Cabeza de lobo para un pasavante (1996) -que se refiere a la costumbre medieval de demostrar que se ha hecho algo importante como matar un lobo, el pasavante es el permiso para que el barco siga adelante- hasta Ocupación de la ciudad prohibida (2010), pasando por Una pronunciación desconocida (2001) y El mar o la impostura (2004), culminan una búsqueda en la que el hallazgo del poema es el resultado de la agónica inmersión en las aguas de un idioma que intenta expresar la íntima verdad del individuo. Y es a partir del asombro que se nos ofrece, desde la mirada del poeta, la visión de otra orilla del mundo antes ajena para nosotros. No en vano, la primera parte de su último libro se abre con un epígrafe de Voltaire: «¿Qué soy, dónde estoy, y de dónde salgo?». El poeta como náufrago tiene en la palabra poética la única tabla de salvación: «Se fue. Era su barco / un leño que flotaba a la deriva». De modo que la experimentación, el intento, la búsqueda y el riesgo que entrañan la poesía, en este caso, no riñen con el tributo debido a una rica tradición a la que deberían incorporarse las voces poéticas del presente, como parece demostrar Jorge Urrutia con el «pasavante” que exige su producción poética.