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miércoles, 2 de julio de 2014

Pájaros debajo de la piel y cerveza, Araceli Otamendi

Araceli Otamendi (Quilmes, Buenos Aires), directora de la revista digital Archivos Sur, obtuvo con esta novela el Premio Edenor a Escritores Noveles de la Fundación El Libro, en el marco de la XX Exposición Feria Internacional de Buenos Aires en 1994. Se trata de un original, ameno y mordaz relato policíaco que en ningún momento cae en la banalidad en la que suele incurrir un género que confía demasiado en el manejo de la intriga. Se abusa, creo, de elementos como el crimen y sus circunstancias, de la corrupción de los poderes, las arbitrariedades de la justicia o las trampas de la belleza femenina. A menudo encontramos personajes estereotipados, como el detective solitario que se da a la bebida y padece problemas gástricos a los que se achaca su mal carácter. En otros relatos estamos ante situaciones tópicas que pretenden divertir, malentendidos o disparates que distraen la atención del lector mientras sigue la pista del asesino.
La finalidad del relato policíaco no es otra que divertir y esta es acaso la razón por la que no se le exige hondura ni complejidad en el tratamiento de personajes. Pero el género puede llegar a ser “muy serio” y al mismo tiempo manejar al lector en tramas enrevesadas en las que se mueven distintos hilos que lo llevan a lanzar hipótesis y a verificarlas. Los silogismos de un Sherlok Holmes, por muy cuestionables que sean, pueden hipnotizar al lector y hacerlo caer en el error. He aquí el talento del autor para manipularlo. Y es que se requieren habilidades narrativas para desarrollar un género que en Latinoamérica en las últimas décadas ha servido de pantalla para mostrar la corrupción de la sociedad: drogas, narcotráfico, prostitución, venta de armas, guerrillas, violencia social y política. Pues bien, ninguno de estos elementos hace parte de este relato en el que Araceli Otamendi ha sabido conjugar el talento narrativo con la capacidad de penetración en la psicología de los personajes y la consolidación de un lenguaje muy personal por su frescura y plasticidad.
Dividida en 21 capítulos, la novela conecta Buenos Aires con un pueblo de Alemania donde parece que nunca sucede nada. Allí un párroco es sorprendido por el paso de una mula caminando por la nave central de la iglesia, mientras el sacristán oculta un arma bajo el sobaco. Este lleva quince días trabajando con el párroco desde que llego de Buenos Aires. Las situaciones insólitas desde el comienzo se asumen con normalidad, entre digresiones que aportan una visión peculiar del entorno y de los personajes. Como ejemplo también sirve la señora Engels de quien se nos dice que solo tuvo relaciones sexuales una vez en su vida. Tres renglones aparte se explica que es por causa de la guerra que le arrebató al marido un día después de la boda. Estos datos se mezclan con la descripción del entorno y la actividad realizada por los personajes. Así estamos atentos no solo a la intriga, sino a la historia de cada uno, tanto como a los detalles que constituyen su mundo, esperando con este conocimiento adelantarnos al autor, respecto a lo que va a ocurrir y al papel que ellos jugarán en el desarrollo de la trama.
El asesinato, cómo no, es lo que conecta a aquellos de quienes se nos facilitan los rasgos que los definen, que también se pueden apreciar en los diálogos: irónicos, agrios, directos o evasivos. En resumen, en esta novela, como en sus cuentos, la autora concede una gran importancia al detalle y al manejo del tiempo con lo que demuestra gran virtuosismo a la hora de abordar un género en el que las mujeres han incursionado con éxito, desde la paradigmática Agatha Christie, pasando por la perversa Patricia Highsmit hasta la truculenta Fred Vargas. La matemática rige aquí la narración, en cuanto a los distintos tiempos y espacios que encierran la trama en un viaje de ida y vuelta a Buenos Aires. Si bien la novela empieza en la sacristía, en los últimos capítulos volvemos al lugar para retomar los hechos y reconstruir la historia con nuevos elementos. He de añadir que tampoco faltan el amor, el sexo, la venganza, ni el alcohol, en este caso cantidades ingentes de cerveza, que unen a los protagonistas Mónica y Ludwing. Sería desconsideración por mi parte revelar el sorpresivo desenlace, pero no tengo más remedio que celebrar el hecho de que aquí el crimen ocurra con posterioridad a la solución del mismo. Espero no estropear con este dato la lectura de la novela.

martes, 1 de julio de 2014

La piel del miedo, de Javier Vásconez

Javier Vásconez es sin duda uno de los más destacados narradores ecuatorianos, aunque no sé si deba relacionar el patronímico con la obra, ya que tras su escritura está la férrea y constante vocación de un autor de aspiraciones universales, que elude lo local y lo histórico y que prefiere introducirnos en los laberintos del alma humana, como ocurre con esta novela tan bien acogida por la crítica más exigente. Un ejemplo puede ser Ignacio Echavarría quien así la define: «Todos los elementos que caracterizan la narrativa de Javier Vásconez comparecen en estado de gracia en esta novela escrita con la penetrante plasticidad de una prosa parsimoniosa y envolvente», opinión que comparto, pues mi experiencia de su lectura ha sido tan grata como sorprendente. Confieso mi debilidad por las novelas de formación que exploran una etapa de la vida en la que el ser humano redescubre el mundo, ya no con los ojos encantados del niño sino con una curiosidad morbosa que lo lleva a los abismos por el que se siente atraído. La atmosfera de la narración de La piel del miedo es kafkiana, nocturna, sombría y luminosa, a la vez, cargada de señales a las que nos aferramos para entender la turbación de un joven ante un hecho brutal ocurrido en la intimidad del hogar, que marcará su vida de manera definitiva. Nos movemos en una constante ambigüedad: entre el amor al padre y la desconfianza hacia él; entre la compasión por la madre abandonada y el reproche por su ensimismamiento; entre la fidelidad al amigo y el sometimiento a sus trampas e incoherencia, sin que falte la experiencia amorosa a la que se deben los momentos más jubilosos de esta desamparada y solitaria existencia.
Dividida en breves capítulos cada uno de ellos abre una ventana pero a la vez nos sitúa ante una puerta cerrada que debemos abrir. En el trayecto, cómo no, descubrimos una ciudad, no la real, sino la soñada o padecida por el joven en su búsqueda de sí mismo, con el peso de la angustia ante la enfermedad que se manifiesta de repente y sobre la que no tiene control y que lo convierte en una criatura vulnerable. Por todo ello debe batirse contra los fantasmas interiores en su búsqueda del padre y de ese lugar donde ha de convivir consigo mismo.
Entendemos en La piel del miedo que la casa, refugio del ser, puede ser una amenaza y que aquellos encargados de protegernos también suelen ser causantes de nuestras desgracias. De todo ello se nos informa con la sutileza y la precisión el orfebre. La vívida narración en primera persona se carga de sentidos y de sugerencias que nos permiten palpar el temor del personaje. Pero además, las imágenes elegidas desde la primera página refuerzan esos sentimientos que se nos transmiten: el volcán derramando lava ardiente, que sin duda yace en el inconsciente de quienes han padecido la devastadora furia de la naturaleza sobre la ciudad; así como las blancas sábanas bajo las cuales se oculta el joven, o la sensación de frío e incertidumbre ante la violencia del disparo que da comienzo a la novela: violencia y miedo: señales de un destino trágico, quizás.
En un reportaje concedido a Mercedes Mafla, el autor confiesa que esta es su novela más autobiográfica y así lo sentimos cuando nos situamos en el tiempo y en el espacio. En su texto «En el jardín de Vásconez», la autora señala de qué manera el protagonista se abandona a la inminencia de la muerte y asume el fracaso como algo momentáneo, pues, a su juicio: «La continuidad sucede fuera de la novela». Finalmente, queda en el lector la percepción de haber contribuido a la búsqueda de sentido en los momentos más iluminadores del relato, acaso porque la felicidad de leer es también la de descifrar el mundo fundado por el autor.