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lunes, 22 de diciembre de 2014

Elizabeth Mirabal, La isla de las mujeres tristes

Celebro efusivamente este Primer Premio Iberoamericano de Novela Verbum 2014 concedido a Elizabeth Mirabal, un reconocimiento estimulante para quienes escribimos, y para quienes leemos, pues nos ha descubierto a una narradora joven a quien se le abre un fulgurante comienzo, con una novela en la que se arriesga en su búsqueda formal sin pretender deslumbrarnos con experimentalismos ni efectos “especiales”. Su lenguaje es fluido, sencillo, pero singular, yo diría que muy personal.
La isla de las mujeres tristes nos instala en una época, particularmente evocadora para el mundo hispánico: finales del siglo XIX y principios del XX. Cautiva por varias razones, en primer lugar, por los temas que aborda: el amor, la historia de Cuba, las relaciones familiares, la representación de la nación desde distintos modelos y propuestas, el arte y la literatura; en segundo lugar, por su atmósfera: el ambiente de una familia aristocrática y culta en la Habana, en una época plena de decadentismo, simbolismo, de esteticismo modernista y de sensualismo exaltado; en tercer lugar, por tratarse de universo íntimo de seis mujeres, quienes giran alrededor del recuerdo de la hermana, que fallece a los diecinueve años a causa de la tuberculosis. Este grupo familiar no deja de recordarnos a las hermanas Ocampo, en la Buenos Aires de comienzos del siglo XX, encerradas en la placidez del hogar entregadas a la literatura, la música y el arte, embriagadas por ansias “de infinito”, que fluyen a través del hilo de la escritura y que trascienden las puertas del hogar burgués. Su protagonista es la poeta y pintora Juana Borrero, quien deja versos memorables, cartas y escritos, que deberían sumarse a la biblioteca modernista, más allá de la Isla de Cuba. Sus poemas aparecieron en la antología Grupo de familia, poesías de los Borrero (1895), año en que apareció el único libro de poesía que ella publicaría: Rimas. Fueron publicados en revistas como La Habana Elegante. Su extenso epistolario se editó en dos volúmenes, en La Habana, entre 1966 y 1967. Este universo femenino nos instala en una nube de idealidad, de aparente lejanía respecto a la realidad, y asombra cuando vemos que se trata de una novela inspirada en personajes históricos fascinantes. Juana Borrero nace en 1877 y fallece en 1896, un año después de José Martí, es decir, en medio de la guerra de independencia. La fecha es paradigmática porque coincide con la muerte del modernista colombiano José Asunción Silva y está muy próxima a la de su compatriota Julián del Casal, quien la inmortaliza en unos versos que parecen explicar su poética, como la famosa «Ultima rima» en la que reconocemos los ritmos de Darío. Son versos, al parecer, dictados a las puertas de la muerte, cuando no le quedaban fuerzas para escribir.
«Mi novio soñado de dulce mirada, / cuando tú con tus labios me beses / bésame sin fuego, sin fiebre y sin ansias. / Dame el beso soñado en mis noches, / en mis noches tristes de penas y lágrimas, / que me deje una estrella en los labios/ y un tenue perfume de nardo en el alma.» A lo que Casal parece responder en «Virgen triste»: «Nada de la existencia tu ánimo encanta; / quien te habla de placeres tus nervios crispa; / y terrores secretos en ti levanta, / como si te acosase tenaz avispa / o brotaran serpientes bajo tu planta.» Coincido con Abilio Estévez en que esta es una novela «extraordinariamente bien escrita, llena de sutilezas, de una sensibilidad y una inteligencia conmovedoras», que disimula sus «búsquedas formales». A ellos tendría que añadir el sentido del humor, la ironía e ingenio de la autora, que recurre a distintos procedimientos narrativos para informar al lector sin abrumarlo con datos: cartas, diarios, recortes de periódico. Estos materiales sirven para trasladarnos por distintas épocas de la vida de las Borrero que sobreviven, o para introducir otras voces y miradas, pues cada una de las hermanas ofrece una particular perspectiva íntima y a la vez histórica.
Y es que la obra no se limita a reseñar el devenir de la familia Borrero, ya que aborda además el traumático proceso de la historia de Cuba a través de los destinos de sus personajes. Al mismo tiempo, revisa el canon de la literatura al colocar en el centro de su universo una obra precoz, la particular mirada “femenina” de Juana Borrero, tan escasa en la nómina modernista.
Los difíciles amores entre Carlos Pío y Juana Borrero nos sitúan entre el Romanticismo y el decadentismo: ella muere de tuberculosis y él en la guerra de independencia. Esos amores se mantienen en la clandestinidad por la oposición del padre, pero es mucho más que esta anécdota por interesante que nos parezca. Abarca casi un siglo de la historia de Cuba, ya que una de las hermanas, a una edad avanzada, comparte con el lector los recuerdos. Los desplazamientos de la familia también aportan otras miradas como la que tienen de Cuba ciertos americanos. Y es que la familia tuvo que exiliarse por su implicación en las luchas independentistas. Aquí no se soslayan los datos históricos, como el viaje en 1892 en que Juana acompaña a su padre a Nueva York, donde se encontró con José Martí, quien organizó una velada en su honor.
La novela desmonta mitos o figuras paradigmáticas, como el propio José Martí y a Julián del Casal, cuya estética quedó relegada por la crítica oficial en Cuba. Sin embargo, en estas dos figuras se proyectan ideales que ponen en tensión afinidades, rechazos y opciones debidas a distintas lecturas e interpretaciones de sus obras. De hecho, en los últimos años Casal ha sido reivindicado, supongo que también como respuesta a la visión oficial y hegemónica de la literatura que puso a Martí en el lugar más elevado del canon. La poesía de Casal, por cierto, se puede consultar actualmente una edición de la editorial Verbum de 2001. Confío en que los lectores disfruten de la la embriagadora atmósfera de esta novela que recomiendo vívamente.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Jorge Urrutia, entre la experimentación y el simbolismo

El panorama generalmente aceptado de la poesía española actual parece dejar de lado aquello que no responda a una poética de la sentimentalidad cotidiana y olvida lo que ha sido una importante búsqueda lingüística, que cuestiona la poesía española desde los sesenta. La descalificación con la posmodernidad de las urgencias políticas, en general, fijó un canon que ignoró la nueva vanguardia marcada por los posestructuralismos, que supo recuperar el concepto de poesía representada en la Generación del Cincuenta por José Ángel Valente: un compromiso ideológico que se plasma en una postura ética de ruptura estética y una nueva mirada sobre la tradición, con poetas de la dimensión de José Miguel Ullán, Jenaro Talens, Jorge Urrutia, Aníbal Núñez, Clara Janés, Antonio Carvajal y Olvido García Valdés, entre otros. Jorge Urrutia* publicó en 1968 La fuente como un pájaro escondido, un libro considerado experimental por Francisco Umbral, quien en el momento de su aparición señaló, eso sí, la “provisionalidad” e “inmadurez” de las formas utilizadas, así como su “urgencia”, debidas a la juventud de un poeta con escasos 23 años. El libro se plantea como “ejercicios”, es decir, no se concibe como un producto acabado ni definitivo. Da cuenta del paso del poeta por distintos lugares, en su búsqueda de la poesía. Uno de los poemas señala el encuentro con la mujer como fuente de inspiración y representación del universo. El último, titulado “Fonética naumática”, se cierra anunciando la renovación del verbo en los versos finales: “las canciones cantadas se perderán al fin. / Y será ya el momento de prepararnos todos, / de afinar cada voz y entonarlas a tiempo / para empezar de un brío el himno nuevo”. El término naumática, procede del latín naumachia, del griego antiguo ναυμαχία/naumajía, literalmente “combate naval”, que designaba simultáneamente en época romana, tanto al espectáculo en el que se representaba una batalla naval, como al edificio donde ésta se escenificaba, lo que nos sugiere la lucha que ha de emprender el poeta en su intento por renovar las formas.
La palabra clave de la crítica de Umbral es “experimentación”, que la Historia de la literatura española de Ángel Valbuena Prat, en su edición de 1983, destacaba también en dos libros de Urrutia fundamentales en la poesía del momento: Del estado, evolución y permanencia del ánimo (1979) y El grado fiero de la escritura (1977). Ambos son paradigmáticos de lo que podría considerarse una renovación de las formas poéticas en la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, a partir de la investigación lingüística. Sin embargo, este experimentalismo no soslayaba de ninguna manera la tradición, sino que se apropiaba de ella para asignarle nuevos y sorprendentes significados, como señaló Maria Caterina Ruta en su libro Novecento ispano, donde comentó el “Poema ante Jimena de la frontera donde fue el origen del comienzo”, incluido en Del estado, evolución y permanencia del ánimo. El poema se abre con un epígrafe de Octavio Paz y empieza con el conocido verso con el que Enrique González Martínez pretende liquidar el modernismo, que Urrutia combina con la estética juaramoniana: “Tuércele el cuello al cisne, así es la rosa, / el castillo truncado, / el pueblo vertiéndose en sus olas, / el puente que recobra su tallo y que lo anilla, / el lago vegetal que lo sostiene.” La crítica italiana señaló de qué manera se combinan aquí los símbolos de la rosa y el cisne, en un contexto completamente diferente al modernista y el de la poesía pura, en cuanto el verbo “torcer” sugiere una violencia física y espiritual. Este libro llamó la atención no solo de la crítica académica, sino que trascendió por su arriesgada apuesta, al plantear una nueva espacialidad para el poema en la página entendida como un universo abierto: horizontalidad/ verticalidad, doble columna, espacios en blanco…, así como un juego con la escritura que recurre a las mayúsculas y a las minúsculas para dar o quitar relevancia, y a cierta irreverencia respecto a la sintaxis que se aprecia en la demarcación de pausas sin necesidad de puntuación y en la casi total ausencia de preposiciones o en la desaparición y ausencia de palabras. El efecto es el discurrir del verbo en una profunda y secreta fuente primigenia que fluye a través de un tiempo que el poeta marca con números. Estos encierran en cifras momentos desgarradores de la historia y de la biografía, lo que se entiende como una estrategia de desmitificación o distanciamiento de cualquier planteamiento dramático. Letras, cifras combinadas, fechas, códigos, diversidad de textualidades, desde informes, hasta documentos, combinan prosa y poesía en textos o pre-textos, que en el poema referido indagan en los orígenes, experimentos que no deberían pasarse por alto al referirnos a la poesía española a partir de los setenta. Las antologías poéticas dan cuenta de los procesos de creación, pero de manera parcial porque, si bien canonizan nombres y obras, también excluyen otros. La paradigmática Nueve novísimos (1970), con prólogo de José María Castellet, se convirtió en un referente de la poesía española posterior a la Generación del Cincuenta, pese a la ausencia en ellas de poéticas con preocupaciones sociales y políticas, como las de los integrantes del grupo Claraboya, revista que se editaba en León, y de los nuevos poetas del lenguaje, entre los que se encontraban Jenaro Talens y Jorge Urrutia. De hecho, el crítico Enrique Martín Pardo recogió en su Antología de la joven poesía española (1967) una nómina mucho más comprensiva, en la que se incluían a Agustín Delgado, Antonio Hernández, José Miguel Ullán, Manuel Vázquez Montalbán o Jorge Urrutia, entre otros. Asimismo, el año 1968, la famosa colección El Bardo había publicado el volumen Doce jóvenes poetas españoles con planteamientos estéticos distintos del libro de Castellet y en el que también figuraba Urrutia. Con largos periodos de silencio, como suele ocurrir a algunos poetas de su generación, Jorge Urrutia volvió a publicar en 1985. Delimitaciones constituye un punto de inflexión en su poesía. La palabra está en el centro de las preocupaciones: “Pues la palabra es un sexo entre los labios, / hablar es como amar. // Y esos labios pronuncian”; poesía cargada de erotismo y de referencias clásicas que rinde homenaje a la literatura del XVIII, a géneros como la novela pastoril, o a autores del siglo XX (Vicente Aleixandre o Jorge Luis Borges) en versos como: “¡Trepad del paraíso espaldas como sabios” (“Poema del amor y el silencio”), o “Yo te fundé ciudad, mujer, amor inamovible” (“Reflexión del arquitexto”). Al respecto, el poeta Urrutia afirma que “estos años constituyen un periodo de transición en el que se pasa de la reflexión lingüística a la escritura simbolista”, lo que se perfila definitivamente a partir de Invención del enigma (1991). De ese periodo es también un libro mayor en prosa La travesía (1987). En el volumen Poetas por sí mismos a cargo de Francisco Estévez, Urrutia expone su poética a partir de los planteamientos machadianos sobre el tiempo en Proverbios y cantares: “Hoy es siempre todavía”, afirmación de Machado que le permite fijar una postura ética y estética respecto al poeta, en relación con la historia y con su biografía. Para Urrutia, hay tres posibilidades ante las que el individuo puede asentarse. La primera no es ni siquiera voluntaria, en cuanto le viene dada; la segunda puede ser inmoral si el individuo decide ignorar el “antes que debería afectarnos”. La tercera es la única que estima lúcida y la más “decente”, pero es, a la vez, la más trágica “con el sentido relativo a la lucha, en la que se busca asumir decididamente el presente en tanto que enfrentado con un pasado que debe conocerse y comprenderse en sus consecuencias”. Respecto al poema “Las huellas de la puerta romana”, que José Miguel Ullán consideró en su momento “apasionado en exceso”, Urrutia diría en el volumen referido: “Personalmente creo que existe una clara pasión interna que se contiene en una escritura que únicamente se desborda en los textos en prosa que aparentemente, y solo aparentemente, responden a la escritura automática”.
El poema se cierra con una mezcla de verso y prosa: “Escultores poetas ceramistas quis nunc venit? / Todos por ese millón de labios que se besan en todas las esquinas puertas templos calles despachos aulas cuarteles museos nacionales piscinas salas de conferencias y túneles de metro. / Todos besando labios mordiendo cascos y lamiendo cráneos armas y caballos. / labios que rompen lanzas bajo estos arcos la puerta”. En definitiva, la lucha a la que se refiere el poeta en su intento de afirmación no es otra que la búsqueda de una coherencia entre el individuo y la historia, lo que genera una tensión en el poema.
Puede apreciarse en este ejemplo de qué manera Jorge Urrutia rompe los límites del género para sumergirse en los orígenes no solo de la poesía, sino de la tradición de la que procede. Sus últimos libros, desde Cabeza de lobo para un pasavante (1996) -que se refiere a la costumbre medieval de demostrar que se ha hecho algo importante como matar un lobo, el pasavante es el permiso para que el barco siga adelante- hasta Ocupación de la ciudad prohibida (2010), pasando por Una pronunciación desconocida (2001) y El mar o la impostura (2004), culminan una búsqueda en la que el hallazgo del poema es el resultado de la agónica inmersión en las aguas de un idioma que intenta expresar la íntima verdad del individuo. Y es a partir del asombro que se nos ofrece, desde la mirada del poeta, la visión de otra orilla del mundo antes ajena para nosotros. No en vano, la primera parte de su último libro se abre con un epígrafe de Voltaire: «¿Qué soy, dónde estoy, y de dónde salgo?». El poeta como náufrago tiene en la palabra poética la única tabla de salvación: «Se fue. Era su barco / un leño que flotaba a la deriva». De modo que la experimentación, el intento, la búsqueda y el riesgo que entrañan la poesía, en este caso, no riñen con el tributo debido a una rica tradición a la que deberían incorporarse las voces poéticas del presente, como parece demostrar Jorge Urrutia con el «pasavante” que exige su producción poética.

domingo, 24 de agosto de 2014

Ecuador cuenta

Ecuador cuenta, antología. Selección de Julio Ortega, Centro de Arte Moderno, Madrid, 2014
Esta selección de cuentos ecuatorianos, a cargo del profesor Julio Ortega, es impecable no solo por la calidad de los trabajos seleccionados, sino por su equilibrio. Me parece notable el número de escritoras seleccionadas, lo que no es muy corriente en este tipo de selecciones, pues entre las treinta y ocho piezas once corresponden a autoras de distintas generaciones.
La antología comienza con «Matrioskas», de Marcela Ribadeneira (1982), quien a partir de la metáfora de la muñeca rusa aborda el tema de la identidad no desde el punto de vista cultural sino psicológico pero, a la vez, vincula el tema al proceso de escritura y al género, el cuento. Buscar la identidad implica ir desprendiéndose del maquillaje, de la piel y de las distintas capas que cubren al ser, hasta llegar a la nada, una nada esencial que es el principio y fin de la existencia también.
Pienso inevitablemente en Roa Bastos quien en la narración «Contar un cuento» define el género de la misma manera: ese proceso de arrancar capas que llevan a la nada, a la desaparición y la muerte, ya que al finalizar el relato el narrador está muerto. La muerte, pues, está encerrada en una serie de narraciones concéntricas. Lo mismo ocurre con un cuento de Onetti, «La cara de la desgracia» donde se plasma ese proceso de disolución del individuo.
El criterio de esta selección no es otro que la calidad literaria, de ninguna manera se rige por parámetros académicos: generaciones, regiones, o movimientos. Aquí están quienes encarnan el vigor de un género muy cercano a la poesía. Quizás podemos abordar el conjunto por temas, entre los que destaca la pregunta por la identidad y por el lugar del origen, como ocurre en el contexto de la emigración en «Redoble de campanas en Madrid» de Raúl Vallejo (1959); asimismo hay relatos en los que se reiventan las tradiciones, o en los que se subraya el papel de la memoria o del olvido, como también ocurre en el paradigmático cuento de Roa Bastos, pues eso de contar a veces es un asunto de vida o muerte y aquí no dejan de referirse crímenes: asaltos en la calle, violencia sexual, asesinatos, etc.
He de aclarar que esta nueva cantera de cuentistas en el Ecuador, o fuera del Ecuador, no sale de la nada, ya que el país ha dado a la literatura maravillosos exponentes del género como Demetrio Aguilera Malta, quien pone en evidencia la diversidad de un país con sus distintas hablas, tradiciones y culturas, por ejemplo, en «El cholo que se vengó» y Pablo Palacios, que en «Un hombre muerto a puntapiés» aborda un hecho delictivo desde el que explora distintos puntos de vista, lo que lo aleja de la crónica roja y más bien le sirve para introducirse en los laberintos del alma humana. Por tanto, quién que se precie de conocer el cuento hispanoamericano no puede desconocer estas obras maestras.
Entre otros cuentos, llama la atención el del conocido escritor Leonardo Valencia (1969) quien en «Intimidad» nos habla de amores y desamores, de la angustia ante la imposibilidad de poseer a la persona amada, por lo que el protagonista echa mano de fotografías y grabaciones para retener sus gestos, su aliento, como una forma poseer su alma, que precisamente no se le puede arrebatar a las personas. Como es lógico, no faltan en este volumen autores canónicos como Iván Egüez, Francisco Proaño Arandi, Javier Vásconez, Jorge Dávila Andrade, Gilda Holst, Liliana Miraglia, entre muchos otros, al lado de jóvenes talentos que dan cuenta del estado de un género que tiene apasionados y fervorosos seguidores entre quienes me encuentro.

martes, 19 de agosto de 2014

Ciencia ficción en el espacio hispánico

En El desmemoriado, Fabio Martínez (Cali, Colombia, 1955) incursiona de nuevo en la literatura de ciencia ficción y lo hace con el humor que lo caracteriza desde Pablo Baal y los hombres invisibles que publicó en 2003. Es curiosa la trayectoria de este escritor polifacético que se mueve con soltura entre la novela histórica con títulos como La búsqueda del paraíso, biografía novelada sobre Jorge Isaacs, autor de la más bella novela del Romanticismo hispanoamericano, María. Asimismo es autor de Balboa, el polizón del Pacífico, relato sobre el descubridor del océano Pacífico. Es como si su escritura necesitara desplazarse desde el tiempo histórico hasta el imaginario futuro, como una forma de perderse en la búsqueda de sentido y en la necesidad de entender el presente.
Pero Fabio Martínez, el autor, no está perdido en el tiempo, todo lo contrario, anclado en el presente, ejerce la cátedra como profesor de literatura de la Universidad del Valle, a la vez que dirige su sede del Pacífico en Buenaventura. Además, es columnista del diario El Tiempo donde nos ofrece su punto de vista no solo sobre la actualidad política, sino sobre diversos temas de candente vigencia. De modo que estos dos polos a tierra como son el periodismo y la docencia le impiden desviarse de la cronología que sin duda rige su vida.
Pero tal rigor solo puede darse a medias en un escritor dominado por una vocación literaria que se le impone, ya sabemos que la escritura es un desvío de la prosa del mundo, esta llanura prosaica, a la montaña mágica de la imaginación y la ciencia ficción es en este caso una vía de escape para conjurar cierto malestar que nos asalta debido a los acelerados y sorpresivos cambios que la tecnología ha introducido en nuestras vidas. Nos inquieta sobremanera que cambie nuestra percepción del tiempo y del espacio, que hurgue en la intimidad del ser humano, no sabemos si con la intención de deshumanizarlo o de despellejarlo vivo. De hecho, el esfuerzo de los personajes de El desmemoriado consiste en una simbólica resistencia a cambiar sus hábitos, convencidos como están de que lo importante es mantener los lazos que los unen y aferrarse tenazmente a los símbolos constitutivos de su identidad. Este es uno de los temas que se abordan en El desmemoriado donde dos personajes son condenados a la marginalidad y a la clandestinidad por haber quedado fuera del sistema, es decir, por no haber llegado a tiempo para recibir una tarjeta electrónica y un pin que los conecte a un sistema central, igual que al resto de los ciudadanos.
Nos instalamos en una Bogotá ultramoderna el 6 de agosto de 2068 en que se celebra el 530 aniversario de su fundación y Pitty Caballero, profesor universitario, junto con su esposa Manzana Siachoque intentan sobrevivir sin el pin recurriendo a tretas para escamotear las medidas del gobierno. Encontramos una ciudad llena de pantallas que vigilan, con una marquesina que la atraviesa de oriente a occidente para proteger a los ciudadanos de los sorpresivos aguaceros torrenciales, un guiño al sabio loco, el profesor Goyeneche que nutrió de anécdotas el imaginario de los estudiantes de la Universidad Nacional.
Por la ciudad transitan clones y mutantes y gentes orgullosas de mantener a raya a los pobres ciudadanos que viven en los márgenes, pues el centralismo ha triunfado sobre las regiones apartadas. El funcionamiento del cerebro es modificado para que las personas se adapten a las nuevas realidades: a cambiar los alimentos por cápsulas, a solicitar los bienes y servicios a través de la red y a obedecer sin cuestionarse las órdenes del jefe supremo, que solo desea perpetuarse en el poder. Es preciso, por tanto, prolongar la vida de los individuos e intentar incluso que alcancen la inmortalidad.
Literatura y ciencia van de la mano aquí y este procedimiento propio de la literatura de ciencia ficción, como sugiere Arturo García Ramos, «lleva las teorías racionales más allá de sus posibilidades mediante la imaginación» García Ramos (El cuento fantástico en el Río de la Plata, Mirada Malva, 2010: 306).
Y es que a medida que se avanza en la narración nos vamos dando cuenta de que ese futuro no es de ninguna manera ajeno al presente. Entendemos que se cuestionan el totalitarismo, el aislamiento e incomunicación entre las personas debido a la avasalladora presencia de las tecnologías, como dice el protagonista: «En el siglo XX, el hombre mató a Dios; en el siglo XXI el hombre mató al hombre».
Hay que celebrar, por tanto, esta reflexión sobre el presente desde un futuro no muy lejano, lo que se da en medio de la atmósfera inquietante del relato, aunque todo ocurra dentro de una aparente normalidad, procedimiento que inserta esta novela en nuestra tradición fantástica de ciencia ficción, que se remonta a Leopoldo Lugones, autor de ese conjunto de relatos que son Las fuerzas extrañas (1906), hasta llegar a la paradigmática novela de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel (1940). Con ellos la ciencia ficción en nuestro entorno hispánico se ha abierto camino entre lo fantástico, alimentándose no solo de los adelantos científicos, sino también del cine, de los dibujos animados, tanto como de los clásicos. No cabe duda de Fabio Martínez es un apasionado lector de las novelas de Julio Verne que nos iniciaron en la lectura, pero sobre todo de obras como La máquina del tiempo de Wells El fin de la eternidad de Isaac Asimov, o Fahrenheit 451 de Bradbury que nos permiten reflexionar en lo que le espera a la humanidad bajo los regímenes totalitarios y sobre lo que queda del ser humano cuando se manipula su cerebro. También de sus predecesores en Colombia como Antonio Mora Vélez (1942), Glitza (1979) e incluso José Félix Fuenmayor con Una triste aventura de catorce sabios, (1928) y José Antonio Osorio Lizarazo con su novela Barranquilla 2132 (1932). Pero no olvidemos que El desmemoriado es ficción dentro de la ficción, ya que Pitty, el protagonista, nos deja al final sus complacientes opiniones sobre el relato que acaba de escribir.

Darío Ruiz Gómez, Las sombras

Darío Ruiz Gómez, Las sombras. Medellín, Sílaba, 2014, 243 págs.
La sombras es la más reciente novela del escritor colombiano Darío Ruiz Gómez (1936) cuyo mundo narrativo ha estado a caballo entre Colombia y España, país a donde llegó en 1958 y donde permaneció cerca de diez años. Si bien las ficciones de este autor, tanto relatos como novelas, se instalaban por lo general en la ciudad de Medellín, desde aquellos primeros cuentos que son parte del canon de la literatura colombiana, como Para decirle adiós a mamá, Las sombras nos llevan por dos ciudades: Medellín y Madrid, aunque en última instancia el espacio es solo el punto de apoyo de un sistema emocional en el que nos adentramos a partir de instantáneas que resumen momentos cruciales de la existencia.
Aquí se manejan en tres capítulos tiempos y espacios distintos pero vinculados por redes secretas de poder e influencia: el primero, «En caso de que el invierno continúe» transcurre en el gélido y gris Madrid de la posguerra que sobrevive a finales de los cincuenta, donde agonizan en vida ciudadanos forzados al anonimato: los perdedores de la contienda, pero también los oportunistas que se lucran de la miseria y de la doble moral, gracias a la cual dominan con absoluta impunidad y en no pocas ocasiones con la aprobación de un régimen que obliga a callar, cuando no a cambiar el significado de las palabras; el segundo, «En tiempo de terror, los días de una lágrima» da cuenta del adoctrinamiento y manejo de las consciencias en un periodo de extrema violencia en Colombia, hacia 1952, cuando tuvo lugar la más atroz persecución y la masacre de inocentes, que supuestamente defendían ideas peligrosas. El esquema funciona igual que la Falange española cuyo ideario político fue compartido por un influyente sector de la sociedad y, en concreto, en Medellín; y el tercero, «Afuera, donde la lluvia ha borrado el horizonte» que explora otras zonas de Madrid donde se refugian los jóvenes de los sesenta que huyen del bostezo familiar hacia los barrios de Argüelles y Chamberí, o hacia los bares y casinos situados a la altura de Manuel Becerra. Entre el pasado oprobioso y la modernidad que impone otras modas y estilos, salen a la luz casos que llenan las páginas de la crónica roja, cuando ya no es posible eludir la pestilencia de los sótanos ni el hedor de las cañerías.
Darío Ruiz Gómez nos ofrece en Las sombras cuadros dignos de Goya, en un Madrid que respira entre luces y sombras intentado enterrar su vergonzoso pasado. La mirada del narrador se detiene en esa España clandestina que se sacude el polvo de la guerra y tira a la basura las burdas telas, los ásperos calcetines de lana y la achicoria para conquistar los salones de baile, las modernas cafeterías, las terrazas de Rosales y las salas de cine. Pero la vida no es igual para los vencidos como la obrera de la fábrica de jabón que en las noches trabaja en la cafetería para poder enviar al hijo a la escuela, ni para el niño que debe emplearse en la panadería, mucho menos para quien debe seguir oculto en el sótano de su casa, convertido en un cuerpo sin historia. Tampoco es igual para el profesor detenido, denunciado por el intelectual de derechas que ocupa un cargo alto en la universidad. Triunfa en este contexto la familia católica, como la parte visible del sistema, pero también la realidad oculta, la de las lujosas casas de citas donde se deciden asuntos de alta política. Esperpentos, caricaturas de monstruos, estos personajes enriquecidos por el estraperlo, viven a costa de la sangre de sus víctimas, y podrían inspirar a un Paul Féval, a quien Ruiz Gómez hace un guiño mencionando su decimonónica y lúcida Ciudad vampiro.
Pese a todo, los tiempos cambian y al catolicismo ortodoxo, cuyos principios son la obediencia y la disciplina, se enfrentan las corrientes de pensamiento del siglo XX que invaden Europa: el existencialismo, el marxismo y el neopositivismo que «corrompen» a la juventud en un escenario en el que triunfa quien inclina la cabeza ante el poder o delata a sus vecinos. El hecho es que una nueva clase social brota de las sombras y borra de tajo la memoria los luminosos años veinte y treinta de los que solo se tiene noticia a través de las hemerotecas
En ese Madrid desmemoriado un joven estudiante extranjero observa desde un punto estratégico el devenir de la sociedad sin poder desprenderse de su pasado, también marcado por la violencia en la tierra natal, que vivió de niño, una violencia que arrojó a su familia campesina a la periferia de una Medellín opresiva y de corte católico confesional. Lo que sugiere el autor es que cuanto ocurre en el Madrid de los sesenta no es ajeno a lo sucedido en la Colombia de finales de los cincuenta. Es el efecto de una fuerza poderosa, de un fanatismo letal que odia al diferente, que oprime los corazones y encierra a los individuos en unas fronteras mentales sin permitirles expresarse en libertad.
Las instantáneas que nos ofrece Ruiz Gómez en Las sombras son tan vívidas que percibimos el gesto de los personajes, la tristeza de su mirada, los nudos de sollozos que se atoran en su garganta, el horror en sus bocas mudas ante la cabeza de un ser querido destrozada por las balas. Las atmósferas que los envuelven adoptan el color gris de la agonía, de una insatisfacción vital que los deja sin horizontes, sin perspectivas de futuro.
Hacia el final de la travesía, ese agudo y sobrio fotógrafo que modestamente se oculta tras su cámara dispara estas preguntas: «¿Qué es aquello que se ve a lo lejos y no logra captar la cámara del cine? ¿Cuál fue la esfera del cerebro que se negó a aceptar un argumento cualquiera?» Porque, a juicio de Ruiz Gómez, lo más importante del ser humano es su cabeza, el cerebro del muchacho que vivió aquella película y donde se fijaron las imágenes que emergen del recuerdo: la niña que vendía pipas, el padre y el hijo que trabajaban en el maloliente establo y fueron desalojados por el ayuntamiento, abandonados a su suerte; los ojos suplicantes de Pepe el ex payaso republicano o la huidiza mirada del policía atento a las conversaciones de posibles enemigos del régimen: ese delator sin el cual no hubiera sido posible tanta ignominia.
Es esta una novela de larga digestión que exige su tiempo para asimilar el torrente de imágenes congeladas en el cerebro del muchacho que fue Darío Ruiz Gómez y que llegó de su Medellín natal al Madrid de la posguerra, donde transcurrió una parte importante de su juventud, y que ahora en la distancia nos ofrece su testimonio con una precisión lacerante, a la vez que arroja luces sobre oscuridades del ser, en los periodos más sangrientos de la historia, de modo que el dolor y la nostalgia se transforman en jubilosa reflexión por la magia y el encanto de la literatura.

miércoles, 2 de julio de 2014

Pájaros debajo de la piel y cerveza, Araceli Otamendi

Araceli Otamendi (Quilmes, Buenos Aires), directora de la revista digital Archivos Sur, obtuvo con esta novela el Premio Edenor a Escritores Noveles de la Fundación El Libro, en el marco de la XX Exposición Feria Internacional de Buenos Aires en 1994. Se trata de un original, ameno y mordaz relato policíaco que en ningún momento cae en la banalidad en la que suele incurrir un género que confía demasiado en el manejo de la intriga. Se abusa, creo, de elementos como el crimen y sus circunstancias, de la corrupción de los poderes, las arbitrariedades de la justicia o las trampas de la belleza femenina. A menudo encontramos personajes estereotipados, como el detective solitario que se da a la bebida y padece problemas gástricos a los que se achaca su mal carácter. En otros relatos estamos ante situaciones tópicas que pretenden divertir, malentendidos o disparates que distraen la atención del lector mientras sigue la pista del asesino.
La finalidad del relato policíaco no es otra que divertir y esta es acaso la razón por la que no se le exige hondura ni complejidad en el tratamiento de personajes. Pero el género puede llegar a ser “muy serio” y al mismo tiempo manejar al lector en tramas enrevesadas en las que se mueven distintos hilos que lo llevan a lanzar hipótesis y a verificarlas. Los silogismos de un Sherlok Holmes, por muy cuestionables que sean, pueden hipnotizar al lector y hacerlo caer en el error. He aquí el talento del autor para manipularlo. Y es que se requieren habilidades narrativas para desarrollar un género que en Latinoamérica en las últimas décadas ha servido de pantalla para mostrar la corrupción de la sociedad: drogas, narcotráfico, prostitución, venta de armas, guerrillas, violencia social y política. Pues bien, ninguno de estos elementos hace parte de este relato en el que Araceli Otamendi ha sabido conjugar el talento narrativo con la capacidad de penetración en la psicología de los personajes y la consolidación de un lenguaje muy personal por su frescura y plasticidad.
Dividida en 21 capítulos, la novela conecta Buenos Aires con un pueblo de Alemania donde parece que nunca sucede nada. Allí un párroco es sorprendido por el paso de una mula caminando por la nave central de la iglesia, mientras el sacristán oculta un arma bajo el sobaco. Este lleva quince días trabajando con el párroco desde que llego de Buenos Aires. Las situaciones insólitas desde el comienzo se asumen con normalidad, entre digresiones que aportan una visión peculiar del entorno y de los personajes. Como ejemplo también sirve la señora Engels de quien se nos dice que solo tuvo relaciones sexuales una vez en su vida. Tres renglones aparte se explica que es por causa de la guerra que le arrebató al marido un día después de la boda. Estos datos se mezclan con la descripción del entorno y la actividad realizada por los personajes. Así estamos atentos no solo a la intriga, sino a la historia de cada uno, tanto como a los detalles que constituyen su mundo, esperando con este conocimiento adelantarnos al autor, respecto a lo que va a ocurrir y al papel que ellos jugarán en el desarrollo de la trama.
El asesinato, cómo no, es lo que conecta a aquellos de quienes se nos facilitan los rasgos que los definen, que también se pueden apreciar en los diálogos: irónicos, agrios, directos o evasivos. En resumen, en esta novela, como en sus cuentos, la autora concede una gran importancia al detalle y al manejo del tiempo con lo que demuestra gran virtuosismo a la hora de abordar un género en el que las mujeres han incursionado con éxito, desde la paradigmática Agatha Christie, pasando por la perversa Patricia Highsmit hasta la truculenta Fred Vargas. La matemática rige aquí la narración, en cuanto a los distintos tiempos y espacios que encierran la trama en un viaje de ida y vuelta a Buenos Aires. Si bien la novela empieza en la sacristía, en los últimos capítulos volvemos al lugar para retomar los hechos y reconstruir la historia con nuevos elementos. He de añadir que tampoco faltan el amor, el sexo, la venganza, ni el alcohol, en este caso cantidades ingentes de cerveza, que unen a los protagonistas Mónica y Ludwing. Sería desconsideración por mi parte revelar el sorpresivo desenlace, pero no tengo más remedio que celebrar el hecho de que aquí el crimen ocurra con posterioridad a la solución del mismo. Espero no estropear con este dato la lectura de la novela.

martes, 1 de julio de 2014

La piel del miedo, de Javier Vásconez

Javier Vásconez es sin duda uno de los más destacados narradores ecuatorianos, aunque no sé si deba relacionar el patronímico con la obra, ya que tras su escritura está la férrea y constante vocación de un autor de aspiraciones universales, que elude lo local y lo histórico y que prefiere introducirnos en los laberintos del alma humana, como ocurre con esta novela tan bien acogida por la crítica más exigente. Un ejemplo puede ser Ignacio Echavarría quien así la define: «Todos los elementos que caracterizan la narrativa de Javier Vásconez comparecen en estado de gracia en esta novela escrita con la penetrante plasticidad de una prosa parsimoniosa y envolvente», opinión que comparto, pues mi experiencia de su lectura ha sido tan grata como sorprendente. Confieso mi debilidad por las novelas de formación que exploran una etapa de la vida en la que el ser humano redescubre el mundo, ya no con los ojos encantados del niño sino con una curiosidad morbosa que lo lleva a los abismos por el que se siente atraído. La atmosfera de la narración de La piel del miedo es kafkiana, nocturna, sombría y luminosa, a la vez, cargada de señales a las que nos aferramos para entender la turbación de un joven ante un hecho brutal ocurrido en la intimidad del hogar, que marcará su vida de manera definitiva. Nos movemos en una constante ambigüedad: entre el amor al padre y la desconfianza hacia él; entre la compasión por la madre abandonada y el reproche por su ensimismamiento; entre la fidelidad al amigo y el sometimiento a sus trampas e incoherencia, sin que falte la experiencia amorosa a la que se deben los momentos más jubilosos de esta desamparada y solitaria existencia.
Dividida en breves capítulos cada uno de ellos abre una ventana pero a la vez nos sitúa ante una puerta cerrada que debemos abrir. En el trayecto, cómo no, descubrimos una ciudad, no la real, sino la soñada o padecida por el joven en su búsqueda de sí mismo, con el peso de la angustia ante la enfermedad que se manifiesta de repente y sobre la que no tiene control y que lo convierte en una criatura vulnerable. Por todo ello debe batirse contra los fantasmas interiores en su búsqueda del padre y de ese lugar donde ha de convivir consigo mismo.
Entendemos en La piel del miedo que la casa, refugio del ser, puede ser una amenaza y que aquellos encargados de protegernos también suelen ser causantes de nuestras desgracias. De todo ello se nos informa con la sutileza y la precisión el orfebre. La vívida narración en primera persona se carga de sentidos y de sugerencias que nos permiten palpar el temor del personaje. Pero además, las imágenes elegidas desde la primera página refuerzan esos sentimientos que se nos transmiten: el volcán derramando lava ardiente, que sin duda yace en el inconsciente de quienes han padecido la devastadora furia de la naturaleza sobre la ciudad; así como las blancas sábanas bajo las cuales se oculta el joven, o la sensación de frío e incertidumbre ante la violencia del disparo que da comienzo a la novela: violencia y miedo: señales de un destino trágico, quizás.
En un reportaje concedido a Mercedes Mafla, el autor confiesa que esta es su novela más autobiográfica y así lo sentimos cuando nos situamos en el tiempo y en el espacio. En su texto «En el jardín de Vásconez», la autora señala de qué manera el protagonista se abandona a la inminencia de la muerte y asume el fracaso como algo momentáneo, pues, a su juicio: «La continuidad sucede fuera de la novela». Finalmente, queda en el lector la percepción de haber contribuido a la búsqueda de sentido en los momentos más iluminadores del relato, acaso porque la felicidad de leer es también la de descifrar el mundo fundado por el autor.

domingo, 9 de marzo de 2014

Victoria Ocampo y la belle époque

Victoria Ocampo fue una de una las figuras más influyentes de la cultura Argentina del siglo XX. Rabiosamente cosmopolita, no solo dominaba el inglés y el francés, lenguas en la que aprendió las primeras letras, sino que además se mantuvo en la vanguardia, respecto a modas artísticas y literarias europeas, así como a los adelantos científicos y tecnológicos, gracias a los frecuentes viajes trasatlánticos que realizaba con su familia. Bautizada como Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo nació en Buenos Aires en 1890 y murió en 1979. Era hija del ingeniero Manuel S. Ocampo y de Ramona Aguirre, quienes pertenecían desde la época de la independencia al llamado «poder culto», liberal y conservador que se afanaba por seguir los cánones ingleses y franceses. Entre la civilización y la barbarie, el viaje a Europa era una necesidad imperiosa para estas familias, que llegaban a París con las vacas, los aparejos y la servidumbre para permanecer por periodos de hasta dos años. Su prosperidad llamaba tanto la atención que el patronímico «argentino» equivalía a «rico» en el París de las primeras décadas del siglo XX.
El estilo de vida adoptado por la familia Ocampo Aguirre se puede apreciar en lo que queda de la Villa de San Isidro, la mansión situada a pocos kilómetros de Buenos Aires, donde residía la mayor parte del año. Hoy es una institución cultural protegida por la Unesco que exhibe el legado de su propietaria y que en noviembre de 2013 realizó una exposición para homenajearla. La reconstrucción de su atmósfera nos permite hacernos una idea la belle époque que protagonizó la naciente y próspera Argentina. Construida en 1890, año del nacimiento de Victoria, fue el escenario de la infancia bajo la vigilancia de una institutriz francesa, al lado de sus cinco hermanas. Los adelantos tecnológicos de las últimas décadas del siglo XIX se ponían al servicio de estas gentes. El tren, que hizo su aparición en 1891 les redujo la distancia de Buenos Aires a San Isidro a 25 minutos. Además, se instaló el servicio de agua corriente para mayor confort de sus habitantes, que modernizaron sus baños con váteres y bañeras importados. Siguiendo su ejemplo, otros se animaron a construir casas de verano a las afueras, donde acabaron viviendo el resto del año cuando la ciudad se expandió. En los años treinta y cuarenta en la mansión de San Isidro se alojarían Rabindranath Tagore, Roger Caillois, André Malraux, Waldo Frank, Indira Gandhi, Gabriela Mistral, José Ortega y Gasset y Federico García Lorca, invitados por la gran dama. La exposición a la que me refiero, tuvo como lema «La gran ilusión» y resultó poderosamente evocadora de un momento efímero pero intenso en la cultura hispanoamericana.
Además de importar el estilo de vida de los países más adelantados, estas familias alimentaron los sueños de muchos europeos que colmaban su afán de exotismo con las leyendas sobre el Nuevo Mundo. Argentina, tras derrotar al caudillo Rosas, ya no encontró obstáculos en su batalla contra la «barbarie». Vías de comunicación, fomento de la escuela pública, mejora de las condiciones de vida y llamado a la emigración europea, el padre de Victoria, como ingeniero de caminos colaboró con ese proyecto llevando los ferrocarriles por la extensa geografía, como los pioneros que veían en el ejercicio de las libertades un signo de progreso. La hija, en cambio, conquistará otro territorio aún más agreste, el de los derechos de las mujeres, cuando el país se debatía entre las tendencias más conservadoras y la necesidad de progreso de una burguesía que dejaba atrás las costumbres de la estancia.
Tanto si pertenecía a las clases populares, como a las altas, el papel de la mujer era muy limitado: asegurar la continuidad del orden establecido a través de un matrimonio: perpetuar la estirpe. Victoria se negó a reducir su vida a atender el hogar burgués. Desde muy joven rechazó ser un objeto, aunque se casó en 1912 con Luis Bernardo de Estrada, y el matrimonio duró muy poco. Entre los hombres vinculados sentimental e intelectualmente a Victoria se puede citar a Pierre Drieu La Rochelle, Waldo Frank que le sugirió fundar una revista y Ortega y Gasset que le sugirió el nombre de la revista Sur.
Entre los conciertos, el ballet y el teatro, las modas, los libros y las exposiciones se diluían las frustraciones de una joven Victoria que deseó ser actriz, a lo que su padre se opuso tenazmente. Atrapada en los rígidos mandatos de su clase, sus inquietudes intelectuales la sacaron del frívolo ambiente en el que se desarrollaban unas vidas más preparadas para el derroche que para la construcción de una sociedad democraticamente avanzada. Una vía de realización para Victoria fueron proyectos culturales, como la fundación de la revista Sur en 1931 y la editorial del mismo nombre, así como la creación de la Unión de Mujeres Argentinas. Se deshizo del rígido corsé y de los vaporosos velos, para ser ella misma, con el ímpetu que siguió a la guerra del catorce, cuando se convirtió en una mujer de vanguardia.
Victoria emprendió una tarea de difusión cultural en los años treinta como directora de una revista y editora, empresa en la que empeñó su fortuna. Por cerca de tres décadas reinó en el panorama cultural de su país, a pesar de las resistencias de un sector de la sociedad que la consideraba privilegiada y cómplice de regímenes fascistas. Con todo, fue la primera mujer elegida miembro de la Academia Argentina de las Letras, entre otras distinciones. En el verano de 1931 vio la luz Sur como revista trimestral, con sede en la casa de Victoria. Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Ortega y Gasset, Waldo Frank y Pierre Drieu La Rochelle, entre otros, hacen parte de los asesores extranjeros. En este proyecto cultural Victoria contó con los jóvenes de la generación de Borges y Bioy Casares que podían mirar con distancia las vanguardias y que se alejaban de las generaciones anteriores. La revista pasó por distintos momentos de la convulsa historia argentina y, aunque fue tachada de elitista, no siguió ninguna bandera política. Pero, sospechosa de antiperonista, Victoria fue confinada a la cárcel en medio de un debate entre intelectuales que cuestionaban al peronismo y a sus seguidores, y quienes los despreciaban. Finalmente, la intelectualidad reconoció el legado de esta mujer singular, al margen de sus inclinaciones ideológicas, desde Juan José Sebreli que destacó su osadía de declararse atea y entregarse con total libertad a prácticas poco convencionales en su medio, hasta Borges que, tras su muerte en 1979, dejaría un emotivo testimonio de Victoria Ocampo: «En un país y en una época que se creían católicos, tuvo el valor de ser agnóstica. En un país y en una época en que las mujeres eran genéricas, tuvo el valor de ser un individuo. […] Personalmente le debo mucho a Victoria Ocampo, pero le debo mucho más como argentino»