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domingo, 8 de diciembre de 2013

Buenos Aires, vida cotidiana y alienación: libros que vienen y van, tiempo de lectura, tiempo de escritura.

Mi conocimiento de este libro se remite a décadas atrás, finales de los setenta, principio de los ochenta, a las intensas conversaciones con amigos como Enrique Romero, Stepansky, quien me habló con fervor de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación de Juan José Sebreli.
De esta ciudad me llegaron los primeros ecos no a través de los tangos de Gardel, sino de las referencias librescas de mi padre, que en su juventud leía a Joaquín Trincado, español nacido en Navarra y afincado en Buenos Aires, quien fundó la Escuela Magnético-Espiritual de la Comuna Universal, autor de Profilaxis de la vida, obra para iniciados en los misterios del espíritu, mezcla de ocultismo y proyecto político humanista que compartían ciertos sectores populares porteños, como señala el propio Sebreli. Pero la ciudad devino nostalgia para mí desde que la conocí a través de El túnel, de Fervor de Buenos Aires o El jorobadito.
Finalmente, se me presentó la oportunidad de conocerla este otoño, primavera allá, con mi amiga-poeta Milagros Salvador. Lo que más deseaba era recorrer sus calles y perderme en las librerías de viejo en busca de unas cuantas joyas, entre las que se encontraba este libro de Sebreli. Pero el destino trajo a Karolina Alarcón, admiradora del autor, que se ofreció a conseguirme un ejemplar con una dedicatoria suya.
Ahora sé qué el libro me aguardaba en el lugar de su gestación, en las manos de su autor. Por eso, lo primero que hice al volver a Madrid fue leerlo en esta edición que incluye otro título del mismo autor: Buenos Aires ciudad en crisis. Al finalizar la lectura entendí porque este ensayo fue una revelación en el momento de su publicación en 1964. En el prólogo a esta edición de 2003, el autor lo define como una «novela de educación» y, a la vez, como la novela de las «ilusiones perdidas». Y es que allá la nostalgia de algo que pudo ser te asalta en cada rincón.
Sebreli señala en este ensayo las barreras que frustraron ese sueño urbano dibujando el mapa de las clases sociales que configuran la ciudad de entonces. La orientación marxista de sus planteamientos se apoya en el método: la dialéctica, no en la ortodoxia padecida décadas atrás. Además, el libro fue pensado y escrito a finales del cincuenta y principios de los sesenta, recién creada la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires.
Con Sartre como modelo de intelectual libre de las instituciones oficiales y del academicismo, Sebreli no encajaba con la Sociología oficial neopositivista, esclava de la estadística y los diagramas. Su incursión en la ciudad fue más vital que empírica y el éxito abrumador del libro molestó a más de un sociólogo academicista, por un lado; y por otro, a los defensores de un ensayismo intuitivo, donde se situaban los discípulos de Ezequiel Martínez Estrada, como Héctor Álvarez Murena.
Entre la emblemática Sur fundada por Victoria Ocampo y Contorno, revista de literatura y política inspirada en el concepto sartreano del «intelectual comprometido», publicaciones en las que colaboró, la trayectoria de Sebreli, según afirma él mismo, estuvo signada por la una gran contradicción: numerosos lectores y críticos profesionales hostiles, a lo que se sumaba el desdén de las instituciones oficiales. No es para menos, porque alguien de su condición que no se casó con las corrientes hegemónicas, como tampoco buscó complacer a todos, tuvo que pagar un precio por ello. Pero hay algo más, su visión de unos usos y costumbres ponía en evidencia la banalidad de determinados sectores sociales como la burguesía en su lucha por la reputación y el éxito, en su empeño por alimentar el mito de una superioridad tras los muros que ocultaban su aburrimiento y estrecho horizonte; pero también estaban en el punto de mira las clases medias con sus afanes y disimulo, su individualismo y sus sacrificios ilusorios. No escapaba a su campo de visión la clase trabajadora que se reunía en torno a los mercados, los negocios minoristas, los cafés y billares del barrio, espacios donde sobrevivía cierta mentalidad tradicional mágica o supersticiosa de origen campesino.
Victoria Ocampo que debió verse reflejada en la ecología del Barrio Norte, con su traje azul de dos piezas, reaccionó descalificando la visión «desde fuera» de un outsider como Sebreli, por considerar que solo desde dentro de su clase se podía hacer una crítica de la oligarquía a la que ella pertenecía. Ni siquiera la mirada de Proust al referirse al mundo de los Guermantes le parecía válida a esta dama, por tratarse de un arribista ajeno a los cerrados códigos de aquella clase. Esta actitud de la Ocampo, señala el autor, perdió su razón de ser con la pérdida de poder adquisitivo de esta clase y con la forzosa mezcla a que obligaba el surgimiento de nuevas fortunas.
¿Qué queda de aquella ciudad después de los golpes militares, de la devastadora inflación que sumió en el desencanto a varias generaciones de argentinos y de la incertidumbre ante un populismo que se ceba en su maltrecha clase media? Durante diez días la recorrí de un extremo a otro, hasta donde fue posible. Quedé abrumada por la belleza y magnificencia inesperada de algunos de su monumentos a la riqueza, más que al progreso: amplias avenidas de jacarandás en flor, suntuosas palacios y palacetes, frondosos parques de ficus inmensos y sauces llorones cargados de amarillos pétalos; gentes amables, elegantes y cordiales paseando por las más coquetas avenidas, incursionando en sus míticos cafés, secretas frustraciones tras los cortinajes apagados de muchos de sus edificios; reproches mudos ante la corrupción que a todos afecta, gentes escépticas que han padecido los vaivenes de la política y de la nefasta gestión de la economía; desencanto ante el cinismo de un grupo de oportunistas que se reparten las ganancias; y, al otro lado de sus muros, la villas miseria desparramándose y multiplicándose.
La ciudad es y no es la misma, como señala Sebreli. Sus contradicciones de antaño se han diluido en un relativismo que, a su juicio, «es también una forma de realismo absoluto, “el deber ser” subordinado al mero ser, con la realidad existente como única verdad». Es la posición generalizada de dirigentes políticos oportunistas, de los especuladores inmobiliarios, incluso de los artistas de vanguardia que solo admiten como válido lo nuevo y último. Aunque los espacios públicos que convocaban a la bohemia siguen ahí, estos han perdido su función, como la calle Florida por la que se puede transitar durante el día, pero en la noche ya no acoge a los contertulios, sino que se convierte en el gran dormitorio de los cartoneros sin techo, como ocurre en muchas ciudades populosas del mundo.
Como intelectual comprometido, Sebreli es la conciencia de su ciudad y asume el compromiso de decir esa verdad que un político o un militante no revelarían. Así, desmitifica las figuras que se han levantado sobre el engaño de las masas como Eva Perón, el Che Guevara, Carlos Gardel y Maradona, íconos de la Argentina contemporánea. Como señalaba en una entrevista, la tarea del intelectual es distinta a la del político, que tendría que ser: «…lenta, discreta y paciente», una tarea que «se realiza cada día y a través de los años», que «requiere esfuerzo, obstinación, perseverancia; además, se necesita la capacidad de transigir, negociar, consensuar, saber replegarse, establecer alianzas». No fue este, a su juicio, el papel de hombres como el Che «que encarnaba al sectario “izquierdista infantil”, que negaba por principio todo acuerdo». Apelando a la razón y al sentido común, Sebreli trata de esclarecer la conciencia de sus lectores sobre la actual crisis urbana, libre de cualquier visión apocalíptica. Su propuesta es pensar la ciudad como sistema abierto y reconocer el conflicto como elemento de equilibrio; promover el cambio, sin destruir lo recuperable del pasado; acrecentar las libertades sin perder los lazos de unión: «entrelazar, en un mismo espacio de vida, lo privado y lo público, lo individual y lo social, lo subjetivo y lo objetivo, lo local y lo universal.»
Confiamos en que recuperada la edad de la razón la ciudad retome el ritmo y el impulso de quienes la soñaron, ya no como la capital del imperio que nunca existió, sino como esa gran ilusión que alimenta la capacidad del ser humano para sobreponerse a la adversidad, y que empujó a muchos emigrantes hacia sus prometedoras orillas.