Buscar en este blog

domingo, 30 de junio de 2013

Encuentros de cuentistas iberoamericanos

El 27 de junio pasado se llevó a cabo en la Casa de América de Madrid, un Encuentro de cuentistas iberoamericanos organizado por la embajada del Ecuador que en esta ocasión incluyó seis nombres en su programación: tres escritores y tres escritoras entre las que se encontraba la propia embajadora, Aminta Buenaño, autora de libros de cuentos como de Mujeres divinas; el escritor argentino Gustavo Dessal, quien ha publicado Demasiado rojo; el poeta ensayista y narrador chileno Sergio Macías, autor de novelas como El sueño europeo; la española Cristina Cerrada , autora de novelas como La mujer calva y de libros de relatos como Noctámbulos; así como el peruano Jorge Eduardo Benavides, autor de novelas como Los años inútiles y El año que rompí contigo, y quien escribe estas líneas.
El altísimo nivel del acto se debió en gran medida a la calidad de los textos leídos, en los que se abordaron temas como el amor, el erotismo, las relaciones sociales, las pasiones, el miedo, el resentimiento y el fracaso, hasta evocaciones históricas que se remontan a nuestras mitologías. Fue un gusto compartir con los colegas esta lectura que nos pone en contacto y consolida un sentimiento de unidad hispánico, en un momento en el que la literatura latinoamericana, o la escrita en lengua española, carece de manifiestos, propósitos y escuelas, porque crece y se expande individualmente, aunque no del todo independiente de las modas y tópicos que fija el marketing.
Fue un placer compartir lecturas, gracias a la iniciativa de la Embajada del Ecuador, que lleva a cabo una política cultural admirable, digna de imitar, ya que no se limita a sus fronteras, sino que convoca y amplía las redes incluyendo a otros países, ofreciendo una imagen continental diversa y variada, en una muestra de gran apertura mental. Ojalá las representaciones diplomáticas de nuestros países en el exterior siguieran este ejemplo organizando actividades similares, que no requieren excesivas sumas de dinero, sino algo más, la convicción de que tenemos mucho que aportar, la seguridad de que nuestras inteligencias y talentos ofrecen la mejor imagen y, sobre todo, el amor al arte y la literatura, como las más altas formas de expresión de lo humano.
Lamentablemente la cultura del espectáculo ha distorsionado el verdadero sentido de los actos humanos y ha despojado de grandeza a todo aquello que no vende o no reporta beneficios monetarios. La buena literatura acaso no venda, pero a largo plazo aporta la única riqueza perenne que constituye nuestro patrimonio cultural, al lado de la música, el arte y la gastronomía, por ejemplo, porque un buen libro es el mejor alimento para el espíritu. Hay en el ambiente una suerte de hartazgo de todo lo que se nos impone desde los medios, que cuando por casualidad nos atrapa un buen libro, una buena obra de arte, una pieza de teatro que nos conmueve, agradecemos a la vida el milagro del arte y recuperamos la esperanza y la confianza en nuestros semejantes.