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domingo, 8 de diciembre de 2013

Buenos Aires, vida cotidiana y alienación: libros que vienen y van, tiempo de lectura, tiempo de escritura.

Mi conocimiento de este libro se remite a décadas atrás, finales de los setenta, principio de los ochenta, a las intensas conversaciones con amigos como Enrique Romero, Stepansky, quien me habló con fervor de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación de Juan José Sebreli.
De esta ciudad me llegaron los primeros ecos no a través de los tangos de Gardel, sino de las referencias librescas de mi padre, que en su juventud leía a Joaquín Trincado, español nacido en Navarra y afincado en Buenos Aires, quien fundó la Escuela Magnético-Espiritual de la Comuna Universal, autor de Profilaxis de la vida, obra para iniciados en los misterios del espíritu, mezcla de ocultismo y proyecto político humanista que compartían ciertos sectores populares porteños, como señala el propio Sebreli. Pero la ciudad devino nostalgia para mí desde que la conocí a través de El túnel, de Fervor de Buenos Aires o El jorobadito.
Finalmente, se me presentó la oportunidad de conocerla este otoño, primavera allá, con mi amiga-poeta Milagros Salvador. Lo que más deseaba era recorrer sus calles y perderme en las librerías de viejo en busca de unas cuantas joyas, entre las que se encontraba este libro de Sebreli. Pero el destino trajo a Karolina Alarcón, admiradora del autor, que se ofreció a conseguirme un ejemplar con una dedicatoria suya.
Ahora sé qué el libro me aguardaba en el lugar de su gestación, en las manos de su autor. Por eso, lo primero que hice al volver a Madrid fue leerlo en esta edición que incluye otro título del mismo autor: Buenos Aires ciudad en crisis. Al finalizar la lectura entendí porque este ensayo fue una revelación en el momento de su publicación en 1964. En el prólogo a esta edición de 2003, el autor lo define como una «novela de educación» y, a la vez, como la novela de las «ilusiones perdidas». Y es que allá la nostalgia de algo que pudo ser te asalta en cada rincón.
Sebreli señala en este ensayo las barreras que frustraron ese sueño urbano dibujando el mapa de las clases sociales que configuran la ciudad de entonces. La orientación marxista de sus planteamientos se apoya en el método: la dialéctica, no en la ortodoxia padecida décadas atrás. Además, el libro fue pensado y escrito a finales del cincuenta y principios de los sesenta, recién creada la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires.
Con Sartre como modelo de intelectual libre de las instituciones oficiales y del academicismo, Sebreli no encajaba con la Sociología oficial neopositivista, esclava de la estadística y los diagramas. Su incursión en la ciudad fue más vital que empírica y el éxito abrumador del libro molestó a más de un sociólogo academicista, por un lado; y por otro, a los defensores de un ensayismo intuitivo, donde se situaban los discípulos de Ezequiel Martínez Estrada, como Héctor Álvarez Murena.
Entre la emblemática Sur fundada por Victoria Ocampo y Contorno, revista de literatura y política inspirada en el concepto sartreano del «intelectual comprometido», publicaciones en las que colaboró, la trayectoria de Sebreli, según afirma él mismo, estuvo signada por la una gran contradicción: numerosos lectores y críticos profesionales hostiles, a lo que se sumaba el desdén de las instituciones oficiales. No es para menos, porque alguien de su condición que no se casó con las corrientes hegemónicas, como tampoco buscó complacer a todos, tuvo que pagar un precio por ello. Pero hay algo más, su visión de unos usos y costumbres ponía en evidencia la banalidad de determinados sectores sociales como la burguesía en su lucha por la reputación y el éxito, en su empeño por alimentar el mito de una superioridad tras los muros que ocultaban su aburrimiento y estrecho horizonte; pero también estaban en el punto de mira las clases medias con sus afanes y disimulo, su individualismo y sus sacrificios ilusorios. No escapaba a su campo de visión la clase trabajadora que se reunía en torno a los mercados, los negocios minoristas, los cafés y billares del barrio, espacios donde sobrevivía cierta mentalidad tradicional mágica o supersticiosa de origen campesino.
Victoria Ocampo que debió verse reflejada en la ecología del Barrio Norte, con su traje azul de dos piezas, reaccionó descalificando la visión «desde fuera» de un outsider como Sebreli, por considerar que solo desde dentro de su clase se podía hacer una crítica de la oligarquía a la que ella pertenecía. Ni siquiera la mirada de Proust al referirse al mundo de los Guermantes le parecía válida a esta dama, por tratarse de un arribista ajeno a los cerrados códigos de aquella clase. Esta actitud de la Ocampo, señala el autor, perdió su razón de ser con la pérdida de poder adquisitivo de esta clase y con la forzosa mezcla a que obligaba el surgimiento de nuevas fortunas.
¿Qué queda de aquella ciudad después de los golpes militares, de la devastadora inflación que sumió en el desencanto a varias generaciones de argentinos y de la incertidumbre ante un populismo que se ceba en su maltrecha clase media? Durante diez días la recorrí de un extremo a otro, hasta donde fue posible. Quedé abrumada por la belleza y magnificencia inesperada de algunos de su monumentos a la riqueza, más que al progreso: amplias avenidas de jacarandás en flor, suntuosas palacios y palacetes, frondosos parques de ficus inmensos y sauces llorones cargados de amarillos pétalos; gentes amables, elegantes y cordiales paseando por las más coquetas avenidas, incursionando en sus míticos cafés, secretas frustraciones tras los cortinajes apagados de muchos de sus edificios; reproches mudos ante la corrupción que a todos afecta, gentes escépticas que han padecido los vaivenes de la política y de la nefasta gestión de la economía; desencanto ante el cinismo de un grupo de oportunistas que se reparten las ganancias; y, al otro lado de sus muros, la villas miseria desparramándose y multiplicándose.
La ciudad es y no es la misma, como señala Sebreli. Sus contradicciones de antaño se han diluido en un relativismo que, a su juicio, «es también una forma de realismo absoluto, “el deber ser” subordinado al mero ser, con la realidad existente como única verdad». Es la posición generalizada de dirigentes políticos oportunistas, de los especuladores inmobiliarios, incluso de los artistas de vanguardia que solo admiten como válido lo nuevo y último. Aunque los espacios públicos que convocaban a la bohemia siguen ahí, estos han perdido su función, como la calle Florida por la que se puede transitar durante el día, pero en la noche ya no acoge a los contertulios, sino que se convierte en el gran dormitorio de los cartoneros sin techo, como ocurre en muchas ciudades populosas del mundo.
Como intelectual comprometido, Sebreli es la conciencia de su ciudad y asume el compromiso de decir esa verdad que un político o un militante no revelarían. Así, desmitifica las figuras que se han levantado sobre el engaño de las masas como Eva Perón, el Che Guevara, Carlos Gardel y Maradona, íconos de la Argentina contemporánea. Como señalaba en una entrevista, la tarea del intelectual es distinta a la del político, que tendría que ser: «…lenta, discreta y paciente», una tarea que «se realiza cada día y a través de los años», que «requiere esfuerzo, obstinación, perseverancia; además, se necesita la capacidad de transigir, negociar, consensuar, saber replegarse, establecer alianzas». No fue este, a su juicio, el papel de hombres como el Che «que encarnaba al sectario “izquierdista infantil”, que negaba por principio todo acuerdo». Apelando a la razón y al sentido común, Sebreli trata de esclarecer la conciencia de sus lectores sobre la actual crisis urbana, libre de cualquier visión apocalíptica. Su propuesta es pensar la ciudad como sistema abierto y reconocer el conflicto como elemento de equilibrio; promover el cambio, sin destruir lo recuperable del pasado; acrecentar las libertades sin perder los lazos de unión: «entrelazar, en un mismo espacio de vida, lo privado y lo público, lo individual y lo social, lo subjetivo y lo objetivo, lo local y lo universal.»
Confiamos en que recuperada la edad de la razón la ciudad retome el ritmo y el impulso de quienes la soñaron, ya no como la capital del imperio que nunca existió, sino como esa gran ilusión que alimenta la capacidad del ser humano para sobreponerse a la adversidad, y que empujó a muchos emigrantes hacia sus prometedoras orillas.

martes, 29 de octubre de 2013

Comer y ser comidos: destrucción y creación, sobre un cuento de Cheon Un-yeong

Fue igualmente grato es descubrimiento de la propuesta narrativa tanto de Kim Insuk como de Cheon Un-yeong,gracias a la invitación del Centro Cultural Coreano. Cheon Un-yeongjoven autora nacida en 1971, ha sorprendido a la crítica por la crudeza de sus descripciones y por los temas tratados en obras como The Needle o Ginger donde trata el mal inspirándose en la figura del famoso torturador de la década de los ochenta en su país, Yi Geun-an. Ajena al realismo al naturalismo, admira entre los autores occidentales a Truman Capote, en particular su novela A sangre fría, lo que explica de algún modo su predilección por ciertos temas.
En su relato «Respiración» un muchacho se ve forzado a infringir la ley para satisfacer los deseos de la abuela. Este es un inquietante relato que elude la tradicional descripción realista, incluso la mirada fotográfica del nouveau roman para ahondar en el interior del cuerpo despiezando a sus criaturas, hurgando en sus entrañas. Es un relato sobre el comer y ser comidos en la naturaleza. El título refiere los aterradores movimientos del cosmos que puede engullir universos y explosionar estrellas. La autora construye una fina red de relaciones en las que el miedo y el deseo desatan fuerzas poderosas en el ser humano. Por un lado, está la abuela con atributos de fiera; por otro lado, el nieto que le teme, que prefiere ser comido, y que vacila antes de contarle lo que ha decidido hacer.
Tenemos dos espacios, el de la casa que se concentra en la cocina donde se preparan y consumen los alimentos; y el mercado donde se despiezan las vacas y los cerdos para ser consumidos. Justamente en el mercado trabaja el nieto. Allí también se encuentra Miión, la mujer con quien desea casarse, una joven viuda que a su vez lava y prepara las tripas de las vacas. Los carniceros mayores del mercado, igual que la abuela, tienen un conocimiento ancestral de la tradición y aprecian cada pieza del animal a la que asignan propiedades curativas. Pero el joven siente nauseas de la comida y de los olores que emanan de la carne y las vísceras.
Este es un relato de atmósferas que no renuncia a la descripción, pero alcanza un mayor grado de penetración hasta tocar la médula de nuestro sistema. Refiere el proceso del que depende la supervivencia de la especie. La atmósfera está cargada de símbolos desde el título, hasta el planteamiento y desarrollo. Tiene que ver con el aliento, con la conciencia de la respiración y con el alimento del cuerpo, con el proceso químico del que depende la vida. El texto sitúa al ser humano al mismo nivel de otras especies, como el mayor predador en la cadena alimentaria, despoja a la persona de sentimientos en su observación sin piedad. Es más que la visión de un etólogo que describe la conducta animal.
En palabras de la autora, el cuento surge cuando visitó a un pariente anciano que trabajaba en el mercado de ganado vacuno. Los olores penetrantes del lugar agudizaron su percepción y le plantearon interrogantes. «Lo que acabo de comerme, ¿es lo mismo que acabo de ver en el mercado?», me dije; «¿por qué comemos sin pararnos a pensar en el origen de lo comido?» «¿Cuál es la diferencia entre un ente carnívoro y uno herbívoro?» «¿Qué contiene exactamente mi sustento...?» «Respirando el aire que respiraban las gentes que allí viven, he podido ver las cosas que ellos ven, oír las que oyen, y esto me ha servido para ir respondiendo los interrogantes que me habían surgido al principio, añadiendo nuevas preguntas a las respuestas que encontraba y, poco a poco, como si masticara arroz con minuciosidad, encontrando el gusto a todas aquellas cosas. De aquello surgió el cuento que titulé Aliento.»
El mercado de productos ganaderos de Mayan Dong tiene como emblema un toro pintado elegantemente ataviado con hanbok, es decir, el traje tradicional de Corea, lo que es una cruel ironía: tratar de humanizar al toro disfrazándolo con el traje típico del país. Pero la mascota resulta embarazosa para la gente. A medida que el muchacho se acerca al mercado el olor le parece hediondo a causa de la sangre coagulada o del cerdo, de la grasa rancia que se mete en los pulmones: «…cuando salgo de ese lugar; de poco me sirve recuperar el ritmo de mi respiración al salir de allí, si todos esos olores comenzarán a brotar pronto hacia mí…». El asco hacia los carnívoros contrasta con los sentimientos que despiertan los herbívoros, como la ternura. Como sabemos, las religiones y las culturas a lo largo de la historia han formulado mitos sobre la comida. Según el antropólogo Marvin Harris ciertos tabúes sobre los alimentos se fundamentan en un motivo racional y un análisis coste beneficio sobre el abastecimiento eficiente de la comida. Es la «teoría de la búsqueda óptima de alimento», según las condiciones de su medio, de la disponibilidad. Un ejemplo conocido es el de la vacas en la India, consideradas animales sagrados, sin duda, mucho más rentables vivas que muertas. Pero el cuento «Aliento» va más allá de esta reflexión antropológica sobre la comida.
El nieto observa a la abuela con temor, más que con respeto, por su condición de animal carnívoro y por el poder que ejerce sobre él. El relato insiste en metáforas y adjetivos que subrayan su condición de animal carnívoro de la abuela. Su avanzada edad representa la tradición, el saber ancestral, lo que él ve como algo negativo, pues le parece una momia. Su melena es como la de un león macho, su espalda es la de una fiera carnívora. Al verla preparar los alimentos, él joven piensa en una hechicera que mezcla los ingredientes en un caldero mágico. Si le habla, siente que su lengua bífida de serpiente lo va a asfixiar; sus ojos son los de un felino que clava la mirada y él tiene que apartar la vista. Suscita el efecto hipnótico del predador que va a devorar a su presa. Cuando acaba de comer actúa igual que el tigre saciado que se oculta en la cueva a hacer la digestión. «Uno de los rasgos más característicos de los animales carnívoros es precisamente eso de echarse a reposar nada más terminar de comer, como un buda tumbado», explica el narrador. Esta mención a Buda me parece interesante porque precisamente el budismo inicia a sus discípulos en la conciencia de la respiración, que es el título de este relato. El Budismo prohíbe comer carne entre otras razones porque considera a los animales de la misma naturaleza que los seres humanos. También por su teoría de la transmigración que relaciona el universo viviente y comer carne de animal sería comernos a nosotros mismos. Fundamentalmente la compasión hacia otra forma viviente impide comer carne. Este es requisito indispensable para alcanzar la pureza.
Un pensamiento así explicaría la repugnancia del narrador a la ingesta de carne que practica su abuela. Ese rechazo se manifiesta subrayando aspectos grotescos de su apariencia y de su forma de preparar los sesos de vaca. También influye su dificultad para decirle que se piensa a casar con una joven viuda. Las respuestas de la abuela son como los hachazos que van a destrozar una pieza en el matadero. No opina sobre la decisión de nieto, solo le pide que le lleve carne de feto de vaca. El relato abre un interrogante sobre lo que la mujer quiere decir. Si ella aprovecha cada pieza del animal para curar sus enfermedades, es muy probable que la carne de feto de vaca sirva para la gestación y esta sea su forma de aceptar a la nuera. Pero no lo sabemos…
El relato insiste en la comparación de los seres humanos con el ganado descuartizado cuando nos dicen que el marido de la viuda fue arrollado por un tren, que lo destrozó. Pero la novia, al contrario que la abuela, le inspira ternura, lo apacigua; sus ojos «reflejan una serenidad que solo se puede hallar en los ojos de los animales herbívoros», dice. Sin embargo, cierto reflejo en ellos no deja de recordarle a la abuela, lo que evidencia sus sentimientos ambivalentes respecto a la mujer.
Aquí el acto amoroso es una forma de comerse al otro y de ser comido. Por eso el muchacho piensa en la mujer como el gusano de seda que se come las hojas de la morera y deja su esqueleto. De esa forma se entrega en medio del terror de ser aprendido por las autoridades por infringir la ley, a lo que se ve forzado para ganar dinero, ante la exigencia de la abuela que le pide carne de feto de vaca, difícil de conseguir y muy costosa. Pero tal vez es mayor su deseo de casarse para ser comido.
Como sabemos, la gastronomía asiática es rica en animales de todas las especies desde vacas, perros y ratas. Asimismo ciertas partes del animal se consideran sofisticadas y tienen que ver con los mitos sobre la fertilidad como los penes de perro. Conseguir la carne de feto vísperas de Navidad es una aventura arriesgada: es el reto del héroe que lucha por la amada. El muchacho, huérfano de padres, solo puede obedecer los mandatos de la abuela cuyo instinto la salva de morir por inhalación de gases tóxicos como, según nos dice, fallecieron los padres.
Sobre la escritura, la autora dice: «Para mí, escribir equivale a acoger en mi propio cuerpo un mundo nuevo y ajeno a mí. Es algo que me requiere masticar con celo y no escatimarle tiempo a la digestión. Es un proceso en que, una vez digeridas por mi cuerpo, todas esas cosas se incorporan a mi sangre y empiezan a circular por mi cuerpo, se vuelven carne y me dan fuerza para, por último, salir de mí y reincorporarse al mundo.»
Los últimos momentos del relato son inquietantes entre el clima de tensión provocado por la huida, la cámara frigorífica, el mercado en penumbra, la visión de los felinos, la oscuridad de la calle, hasta llegar a la casa de Miión que lo espera con la carne de feto hervida. Pero la forma poética como se cierra nos devuelve el aliento: «Por la ventana comienza a entrar, vaga, la luz del alba. El rocío cubre mi cuerpo de una fresca humedad. En algún lugar lejano, remoto, hay un ternero de enormes ojos que va pastando y acercándose, paso a paso, hacia aquí.»
No por casualidad estos dos textos tienen puntos en común: la imagen del hombre sometido a la fuerza femenina, en el caso del nieto; y hermano de la escritora que depende de ella para superar los obstáculos. Se evidencia la disolución de un mundo familiar, la pérdida de los padres, la orfandad del individuo, el encierro interior, el hermetismo del ser y un mudo rechazo a los lazos afectivos, al hijo no deseado, a la nuera que puede perpetuar la herencia. La mujer está sometida, pero es fuerte y se sobrepone. En cambio, el hombre es débil, como dice muchacho de «Respiración»: «Yo era un pobre buey castrado por ella, castrado siendo aún ternero para quitarme el hedor del verraco, un pedazo de carne bien amaestrado por esa anciana…»
Chôn Un-yon pertenece a la generación de las nacidas entre los setenta u ochenta. Se dio a conocer en 2000 con la novela La aguja (banûl), muy aplaudida por la crítica, que la encontró subversiva y poderosamente destructiva. Su fuerza está en los personajes, algunos revestidos con atributos de fiera predadora, como ocurre en el cuento que comentaré. Es una de las principales representantes de la narrativa coreana de la década del 2000. La crítica considera que sus personajes están dotados de una beligerancia difícil de encontrar en toda la literatura coreana anterior. Además de La aguja (Editorial Changbi, 2001), Chôn Un-yon ha publicado Fulgor (Editorial Moonji, 2004), Hasta otra, circo (Editorial Munhak Dongne, 2005), Modo de empleo de sus lágrimas (Editorial Changbi, 2008), Jengibre (Editorial Changbi, 2011) y Ya sabe usted, madre (Editorial Moonji, 2013).

Ética y estética: la construcción de la identidad en Kim Insuk

Quiero dejar constancia de la grata sorpresa que ha sido para mi descubrir a dos escritoras coreanas que voy a presentar.La primera es Kim Insuk cuya fragilidad contrasta con la fuerza de sus narraciones
En el relato «La autobiografía de una mujer» (Diez escritoras coreanas, Madrid, Verbum, 2011), Kim Insuk aborda el tema de la autoría y la escritura, pero el texto trasciende a otras esferas del ser como los orígenes y la condición social, la identidad, los roles femenino y masculino, los desgarros interiores, el cuestionamiento de la maternidad como algo inherente al ser femenino, la creación y la destrucción, la escritura como vía para conjurar el dolor y la frustración.
La protagonista es una escritora ante una situación ambigua. Un colega le pide relevarlo en la tarea de escribir por encargo la autobiografía de un importante hombre de negocios, de cincuenta y dos años, del que ella no sabe nada. De estructura circular el relato se cierra con la frase que da comienzo: la pregunta que el hombre le lanza a la narradora. «-¿Le agradan los gatos?», y que no espera respuesta porque el hombre no escucha, solo desea conversar. El cuento señala contrastes que cambian la percepción de los personajes. Por un lado, tenemos a la escritora de origen humilde, con dificultades económica; por otro, al hombre rico que quiere alcanzar influencia política y se inventa una biografía para ofrecer una imagen falsa de sí mismo, con la finalidad de ganarse las simpatías de la gente, en particular de las mujeres.
La farsa permite reflexionar sobre la realidad y la ficción del texto que se va a escribir. Subraya la sensación de opulencia al contemplar la ciudad de Seúl, desde la lujosa suite del hotel: el éxito del hombre, por un lado; y el fracaso del hermano y del padre, por otro. En el extremo del hotel está la casa de la escritora: un sótano húmedo, con los libros arrumados y olor a orina de gato. Así, ante la perspectiva que le ofrece la lujosa suite sus valores se tambalean.
Pero hay un conflicto moral: si escribe ese libro será cómplice de una mentira. No obstante, hará ese trabajo por dinero, consciente de lo que implica: «Y, a pesar de la repugnancia que sentía no había forma de pasar por alto el hecho de que la suma que recibiría haciendo de negra era mucho más alta que cualquier otro trabajo que hubiera realizado en los últimos diez años». Pero no es solo la tópica biografía del hombre que triunfa en los negocios por propio esfuerzo, el filántropo que empieza desde abajo y un golpe de suerte le ayuda a escalar posiciones, gracias a la subida de los precios de ciertos terrenos, pues la biografía no encaja en este punto, ya que la realidad contradice su versión.
Aquí se abordan cuestiones de género cuando la narradora señala que el hombre la utiliza: «….parecía que consideraba que para evitar malentendidos que pudiera provocar en las mujeres activistas, se requería que se escribiera de forma que pudiera ganar su simpatía». Ella indaga en sus relaciones con las mujeres, sus ex esposas que no tienen buena opinión de él. La escritora se defiende del hombre aclarando su punto de vista: «…le eché en cara que lo que yo escribía no era su biografía, sino su autobiografía. Por tanto, quien escribía no era yo, sino mi mano.» La intriga se complica a medida que crece nuestra curiosidad sobre una vida llena de sombras, no solo respecto a las relaciones del hombre con sus anteriores mujeres, sino al hecho de que su fortuna haya crecido en los momentos más represivos de la historia del país. La autobiografía empeora cuando se tienen en cuenta los testimonios de las ex esposas que aportan una opinión muy negativa: criminal, cínico, maltratador.
El conflicto moral no se resuelve solo con el hecho de que la autora sea consciente de la renuncia a su yo, para poner en el papel lo que otro le dice, y de lo que no desea hacerse responsable. No es el caso, por ejemplo, del esclavo norteamericano que en el siglo XIX le contaban su vida a un interlocutor, quien escribía su vida después de discutir con él. El texto se completaba con elementos que servían para condicionar su recepción, pero a veces las opiniones de los redactores ahogaban el testimonio del esclavo.
Más allá de la preocupación por la autoría, hay un conflicto, una historia familiar de donde emerge la figura del padre. Éste colecciona libros de biografías de personajes famosos o novelas históricas y pretende infundir en el hijo (no en la hija) el hábito de la lectura. La autora comenta al respecto: «Yo que por ser mujer no tenía necesidad de escuchar tales sermones, me desvivía queriendo escuchar esos largos y tediosos discursos. Desde entonces deseaba ser escritora y me palpitaba el corazón con solo pensar en que algún día mi libro estaría colocado en la estantería de mi padre.» La niña accede a los libros a espaldas de la autoridad. Ante el fracasado intento del padre por inducir al hijo en la lectura, aquel tiene que admitir la vocación de la hija. Como he señalado, los dos hombres de la familia están al extremo del rico y poderoso. ¿Qué diferencia a estos hombres? Por un lado están los pobres y honrados; por otro, los ricos acaso sin honra. Lo que no se explica, pero se deja leer entre líneas, es que el hombre exitoso pudo haber perdido el honor para enriquecerse. Poco se nos dice del papel de la madre que crió al hijo de acuerdo a los deseos del padre, con valores como el honor y el éxito que refieren las biografías que éste atesoraba en su biblioteca, y que no tiene nada que ver con su vida. La autora señala al respecto: «El hecho de que una personalidad pudiera llegar a ser pobre, pero un pobre no llegaría ser una personalidad, una personalidad que pudiera rechazar el éxito. Pero el que no tiene éxito jamás llegará a ser una personalidad»: La conclusión es que los pobres esperan un golpe de suerte improbable. El cuento muestra el abismo entre la realidad de los libros y la realidad de cada individuo, a la vez que cuestiona la validez de lo escrito, sobre todo, cuando las biografías nada dicen de renuncias y fracasos.
La relación de la escritora con el padre y con el hermano subvierte los valores, ya que ella asume la responsabilidad de sus errores. Al venderse, ésta alcanza una legitimidad moral: sacrificarse por el hermano. Pero la escritora necesita otra salida: la expresión de su yo sometido, solo posible si escribe una novela «de verdad» sobre el personaje, dando voz a sí misma a través de una narradora que responde lo que el poderoso Yo Ho-gap le oculta.
Como decía, este cuento de estructura circular se cierra con la pregunta de Yo Ho-gap, sobre los gatos, que la escritora responde evocando al novio que le regaló un gato, un chico a quien ella le contaba las historias que quería escribir, creyendo que su vida podía ser mejor a través de los sueños, pero el muchacho la abandona y tras su marcha, ella comenta: «¡Al día siguiente aborté el feto que había morado en mi vientre por casi cinco meses» (que acaso corresponden a gestación del libro por encargo). Podríamos decir que el feto sería la obra escrita contra su voluntad. Mientras que ella desea llevar en el vientre su verdadera novela, la que justificaría su existencia.
La escritura como una actividad a espaldas de la autoridad empieza con la niña que ocultaba flores y hojas en las páginas de los libros, que tenía prohibido tocar. Esta secreta afición es algo íntimo y personal, que se pervierte si se pone al servicio de una mentira, de una autobiografía falsa, principio moral que acaso rige la escritura de Kim Insuk.
Nacida en 1963, Kim Insuk es profesora del Departamento de Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad Nacional de Seúl y una de las escritoras más importantes. Debutó a principios de los ochenta en medio del régimen dictatorial. Su obra, a juicio de la crítica, da cuenta de los inexplicables absurdos de la vida y las contradicciones de la sociedad coreana. Entre sus treinta libros publicados y traducidos al inglés destacan. To Be Insane, Ocean and Butterfly y Goodbye Elena. Su novela The Long Road se centra en el trabajo de los expatriados coreanos en Australia. El título está inspirado en una conocida canción, que le sirve para mostrar la alienación de los emigrantes. Sus novelas a partir de los noventa ahondan en la interiorización de valores arraigados en el capitalismo feroz, el compromiso, el cansancio, el aletargamiento y la melancolía de la sociedad. La mayoría de los protagonistas, como la del relato que comentaré, pertenece a la clase baja que se rinde ante los obstáculos y tiene que corromperse para sobrevivir.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Stefan Zweig, una bomba de tiempo en el corazón

“Porque todo espíritu nace de la sangre, todo pensamiento brota de la pasión, toda pasión del entretenimiento”
Meditando sobre estas palabras de Stefan Zweig cierro un ciclo en el que he sido absorbida por su mundo novelesco, con una entrega que no había vuelto a vivir desde que me sumergí en las páginas de En busca del tiempo perdido. Si en Proust el exterior es barrido hasta el mínimo detalle por su mirada y digerido pacientemente en una larga meditación, guiada por la inteligencia más sagaz y los conocimientos más diversos de artes y ciencias; en Zweig el interior estalla en el organismo desatando infinitas reacciones y conexiones en el sistema nervioso, alterando el curso de la sangre, los latidos, la respiración... Como en un parque de atracciones las emociones se suceden vertiginosamente robándonos el aliento.
Entrar en el mundo de Zweig es atravesar los inesperados pasadizos del laberinto humano en contacto con otros mundos interiores, conectados por hilos secretos o separados por cortinas invisibles. Como en la guerra, pasamos la línea de fuego y nos sorprendemos de seguir vivos. Todo el sistema emocional se activa con este autor que nos lanza al abismo sin paracaídas. Con él vislumbramos los destellos de esa corriente de energía, el fluido vital que alimenta el universo. En no pocas ocasiones lo que ha construido el ser humano hace corto circuito y nos derrumbamos, porque los personajes somos nosotros, que impotentes asistimos a la consumación inexorable de un destino programado por ese Deus ex machina que encarna el autor.
Nacido en Viena en 1881 Zweig se suicidó con su segunda esposa Lotte, en Petrópolis en 1942, a donde había huido de los nazis. La foto que ilustra la noticia del trágico suceso muestra a la pareja abrazada como en un sueño profundo. Al verlos no puedo evitar pensar en muchos de los personajes de sus novelas a quienes asaltó la tentación del suicidio. Lo paradójico es que una personalidad de desmesurada vitalidad e implacable lucidez, haya tomado tan radical determinación. Pero hay atenuantes que explican esta decisión. Zweig que padeció las dos guerras mundiales tuvo que huir, como muchos intelectuales de origen judío. Hay pruebas de que tampoco su exilio lo protegió del odio feroz de sus enemigos que le enviaban cartas amenazadoras.
Como exitoso autor de biografías de celebridades desde Montaigne, hasta María Antonieta, y de novelas llevadas al cine como Carta a una desconocida; y lúcidos ensayos contra los nacionalismos y otros monstruos que amenazaban a Europa, Zweig era sumamente peligroso no solo para los gobiernos totalitarios y racistas, sino para la sociedad burguesa. Sus novelas critican implacables la dudosa aristocracia de ciertas familias que se exhibían en los hoteles, salones y cafés de moda; el rígido catolicismo que asfixiaba a las personas; la oscura vida de provincia, la estrechez mental del funcionariado y la mentira de la guerra que sembró miseria y desolación. Resultado de esa derrota moral que sucedió a la contienda, fue la larga lista de desempleados de la que se alimentó el resentimiento. Muchos de estos desarrapados sin futuro engrosaron las filas de fascismo furioso que se propuso matar la inteligencia y la razón. Los personajes de Zweig o bien son leales al emperador austriaco o son escépticos respecto al sistema, pero a todos les ha afectado la guerra, porque han padecido sus consecuencias. Mientras las mayorías lo han perdido todo, unos pocos se han enriquecido de manera fraudulenta. Estos son antiguos usureros enriquecidos que ocultan su pasado y le sirven al autor para evidenciar las mentiras con las que se construye el nuevo edificio social.
Como agudo observador Zweig es un maestro a la hora de situarnos en el tiempo y en el espacio y transmitirnos así la atmosfera de la época, no solo desde el exterior, sino desde dentro de los personajes. En Ardiente secreto nos encontramos en un hotel donde una mujer de llamativa belleza pasa unos días con su hijo de unos doce años. Los dos coinciden con un seductor que encuentra la ocasión de vivir una aventura y utiliza al niño para llegar a la madre. La relación de admiración entre el niño, que al ser tenido en cuenta por el adulto crece y se siente poderoso, se transforma en odio. De ese detalle que repentinamente nos convierte en otra persona trata esta larga lista de novela donde la revelación a punto de estallar es una cuestión de tiempo.
El manejo del tiempo es lo verdaderamente genial en este autor que nos atrapa hábilmente con historias encadenadas dentro de la historia, atándonos de pies y manos con distintos hilos narrativos. El misterio que carcome a los personajes, la intriga que se anticipa en detalles, es otro de los rasgos comunes a su narrativa, como en Confusión de sentimientos donde un joven de diecinueve años sufre por no comprender los bruscos cambios de comportamiento de su maestro. Nos situamos en una universidad de provincia en el centro de Alemania, propicia para el estudio y la meditación con un profesor capaz de abrir la mente de los jóvenes. Gracias a éste, el alumno puede comprender con el ímpetu de todos los sentidos, por ejemplo, el mundo de Shakespeare en el contexto del pasado.
Carcomidos por la angustia, muchos personajes llevan dentro de sí un secreto como una bomba de tiempo y basta con que rocen la piel atormentada de su alma gemela para que estalle la confesión. Gracias a ese roce liberan la energía que amenaza con hacer explotar su sistema interno. Es lo que le ocurre a Irene en Miedo, por no pedir ayuda a su marido cuando es chantajeada por una extraña que amenaza con revelar su secreto. Irene es una mujer burguesa; el marido, funcionario de la clase media austriaca y tienen dos hijos que ella abandona a causa de una aventura amorosa, en la que ha caído más por aburrimiento que por pasión. Su tortura es similar a la de Cristine, la pobre funcionaria de una oficina de correos de un pueblecito de Austria, que sobrevive a la guerra en medio de la pobreza más triste y sin esperanza de cambio, en La embriaguez de la metamorfosis. El mundo se vuelve del revés para la muchacha cuando tiene ocasión de conocer a la alta sociedad de los grandes hoteles, lo que le permite tomar conciencia de la miseria en que ha vivido. A partir de esa experiencia su pasividad y conformismo se convierten en odio implacable contra sí misma y contra las pobres gentes que la rodean, hasta que surge una criatura en quien puede volcar el dolor y la rabia. Esta novela póstuma de Zweig es una dura crítica a la mentira de la guerra que le robó la juventud y las posibilidades de felicidad, que le arrebató el futuro a toda una generación. Es el reclamo demoledor de una juventud a punto de organizar una revolución para construir una sociedad más justa e igualitaria.
Del mismo modo, es importante en Zweig el poder de la escritura, pues gracias a ella recuperamos el ser o nos hundimos en la desesperación o impotencia. La carta en Impaciencia del corazón, donde un joven teniente austriaco en activo, poco antes de que estallara la primera guerra mundial, cae víctima de la compasión, y desata una tragedia. El joven se siente atraído por el prestigio del señor von Kekesfalva, quien tiene una hija enferma de polio atada a una silla de ruedas. En Edith arden las pasiones, por un lado el amor y el deseo de ser amada; por otro, la imperiosa necesidad de caminar para hacerse digna del hombre que ama. Aquí las notas, las tarjetas de visita y las cartas juegan un papel decisivo: recibirlas puede significar la vida o la muerte. Lo mismo ocurre en Carta a una desconocida, el testimonio póstumo de una mujer que amó en silencio y en las sombras, que le revela al escritor lo ciego que ha estado toda la vida. Esa verdad que arde en sus manos en los 24 folios en los que descubre cuánto ha ignorado de sí mismo: “Algo le atravesó el alma y pensó en aquella mujer invisible, etérea y apasionada como el recuerdo de una lejana melodía”, concluye el narrador. La confesión, veinte años después de ocurridos los hechos, es la única forma de redención que encuentra la vieja dama escocesa que al quedarse viuda a los cuarenta años vive una aventura con el joven jugador en Veinticuatro horas en la vida de una mujer donde percibimos la influencia de Dostoievski. El contexto en el que transcurre la historia es el de la clase alta inglesa que pasa parte del tiempo en la costa azul, donde coincide con otras familias conocidas, en un medio en el que lo más importante son las apariencias. El joven pertenece a una nobleza polaca y está a punto de dejarse morir consumido por el vicio del jugador. El encuentro entre estos dos personajes desata una guerra a muerte en la que ella trata de devolverle la vida, lo que a los ojos de los demás se reducirá a una aventura vulgar. Solo un interlocutor atento y sensible será capaz de entender esa lucha desesperada que resume las veinticuatro horas que marcan la vida de la vieja dama.
Nada escapa a la perspicaz mirada de Zwieig quien nos ofrece un mosaico de personajes que hablan desde una época y que a la vez nos recuerdan lo imperecedero de la humana condición, la ferocidad de las pasiones que deciden su suerte, por encima de la razón y la inteligencia: el amor, el odio, el miedo, la envidia, el resentimiento, la venganza, la avaricia, la lástima, la ambición, todo un sistema de emociones que se apodera del organismo y cuyo influjo puede ser devastador para los seres, conectados entre sí; porque si bien un cablegrama enviado de Nueva York a Viena desata una guerra; una carta en la recepción del hotel, o una tarjeta de visita en la puerta de la casa, deciden sobre la vida o la muerte de una persona. No es fácil, por tanto, desprenderse de este autor que te convierte en parte del relato, porque como interlocutora te involucra en una historia en la que ardientemente desearías intervenir, habilidad que les es dada solo a unos pocos y privilegiados talentos.

jueves, 8 de agosto de 2013

Blas Matamoro, Desmontando a Wagner

El bicentenario del nacimiento de Richard Wagner (1813-1883) está pasando sin pena ni gloria en nuestro entorno, lo que no deja de sorprendernos, dadas las emociones que despertó el sacralizado compositor de Tristán e Isolda, considerada obra cumbre de la música occidental. En el mundo hispánico durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX fue muy poderoso el impacto de los argumentos y personajes wagnerianos, más que de su música, a la que no todos accedían por estar reservada a los teatros, lugares de encuentro de la alta sociedad. La repercusión de su obra, difundida en España en los periódicos y revistas culturales de la época, es notable y alcanza a la generación finisecular, que la convirtió en obligada referencia de la quintaesencia del arte. En este país, donde sus operas se representaron desde 1864, se crearon las Asociaciones Wagnerianas de Barcelona (1901) y Madrid (1911) para rendirle culto. Sus operas fueron traducidas al catalán y al español y no hubo autor de entonces que no recurriera a sus evocadores acordes para componer sinestesias, o que no se inspirara en sus personajes, a la hora de trazar complicados y raros perfiles. De todos modos, el carnaval de Madrid de este año recordó al músico con conciertos y representaciones de sus emblemáticos personajes en las carrozas y en Barcelona no han faltado los ciclos de interpretaciones de sus piezas operísticas. Nuestra literatura fue pródiga en las recreaciones del artista Lohengrin, o de los melancólicos amantes Tristán Isolda y las imponentes Walkirias, muchas veces convertidas en soberbias amazonas criollas o peninsulares. Tal es el caso de los españoles Vicente Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Leopoldo Alas Clarín, Benito Pérez Galdós o Juan Ramón Jiménez, y de los hispanoamericanos Rubén Darío, José Asunción Silva y José María Vargas Vila, entre muchos otros.
Coincidiendo con el II centenario del compositor, el narrador y reconocido crítico musical Blas Matamoro (Buenos Aires, 1943) publicó recientemente una traducción de la correspondencia entre Richard Wagner y su amado Luis II de Baviera (Richard Wagner. Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth, Madrid Fórcola), con una introducción que no tiene desperdicio y que ha herido la sensibilidad de ciertos admiradores de Wagner. La homosexualidad implícita del genio sale a la luz en unas palabras, que si bien están sujetas a la mentalidad de la época y a la índole de las relaciones sociales de entonces (en este caso entre mecenas y protegido, entre señor y súbdito), no dejan de revelarnos los sentimientos de los personajes: “Sólo el ideal puede unirnos de por vida: sólo en la suprema comprensión podemos darnos un puro y humano vínculo, hacer plena nuestra unión, verificar la única y esclarecida dignidad: nos amamos como dos hombres que están por encima de las leyes…”, le dice Ricardo a Luis ¿Todavía hay quienes se escandalizan al leer estas manifestaciones del sentimiento amoroso entre dos hombres? Parece que sí, particularmente aquellos wagnerianos que se empeñan en mantener en el pedestal a un artista tan humano como el resto de los mortales. Humano, demasiado humano fue la respuesta de Nietzsche (quien contribuyó al endiosamiento del músico), cuando lo bajó del pedestal por su giro hacia el cristianismo en Parsifal, lo que ocasionó la ruptura del encantamiento entre los dos monstruos.
Matamoro va más lejos en su presentación de la escena amorosa, que tiene como protagonistas a estos dos hombres unidos por la música y atormentados por sus fantasmas. Sin descender a lo vulgar, el autor analiza, por un lado, la patología regia, sus excentricidades, su dramática soledad e incapacidad de crear una obra artística y, por otro, el a veces tortuoso proceso creador del músico, que entra en la vida del joven rey a los cincuenta y un años, en calidad de amigo íntimo. En exclusiva compondrá para el monarca sus obras y recibirá por ello astronómicas sumas que le permitirán disfrutar del lujo que necesitaba, al parecer, para trabajar. La corte no lo vio con buenos ojos por considerarlo un derrochador y un aprovechado, subraya el autor. Fruto de ese amor fue el teatro Bayreuth, posterior escenario de experimentación de las vanguardias, que este año celebra el sonado aniversario representando las cuatro obras del ciclo El anillo de los nibelungos, dentro del emblemático Festival wagneriano de Bayreuth que acaba de comenzar. Si alguien quisiera conocer el contexto que envuelve esta compleja y apasiónate relación entre estas dos grandes personalidades debería leer la traducción de Blas Matamoro, maestro de ejemplar rigor y aguda inteligencia.

domingo, 28 de julio de 2013

Ruth Behar, Una isla llamada hogar

La nostalgia de Cuba embriaga no solo a quienes han tenido que abandonar forzosamente la isla, sino también a quienes no han salido de ella. Hay un género literario que deberíamos designar “Cuba en la distancia”, desde ese primer manifiesto de dolor en el que José Martí quiere despertar la conciencia de la metrópoli española ante las injusticias cometidas contra sus compatriotas. Tal vez las páginas más conmovedoras de Cabrera Infante, eterno exiliado expulsado por el régimen revolucionario, se encuentren en La Habana para un infante difunto, donde evoca su pobre infancia transitando por las calles de la ciudad, arrullado por el rumor de las olas y la caricia de las brisas marinas, en sus lentos atardeceres. Entre luces y sombras asedia la nostalgia de los que se fueron y de los que permanecen atrapados en la llamada “esmeralda fúlgida”, el lugar donde Colón situó el paraíso.
Tal vez esa nostalgia se intensifica en quienes viven el desarraigo como la pérdida de la tierra prometida, Cuba para un puñado de judíos que, en las primeras décadas del siglo XX, emigraron a América en busca de oportunidades y decidieron quedarse a vivir allí, así como los que sobrevivieron al holocausto y encontraron una segunda oportunidad en el Caribe. Ruth Behar es un ejemplo de la incurable obsesión por reencontrar la casa de la infancia, de la que fue arrancada siendo niña, cuando emigró con los suyos a los Estados Unidos. Una isla llamada hogar, es un libro entrañable y conmovedor, además de ameno: autobiografía, testimonio propio y de otros. En sus páginas se expresan los judíos que permanecieron en Cuba y sus descendientes, quienes tras un paréntesis consolidaron su identidad, recuperando una práctica religiosa, unos rituales y unos hábitos transmitidos de generación en generación, recuerdos borrosos que, en un momento dado, cobran sentido. Pero esto no ocurre con todos los judíos, ya que algunos ciudadanos cubanos de origen judío se sienten, ante todo, cubanos y sus testimonios también se recogen aquí.
Profesora y antropóloga en la Universidad de Michigan, Ruth Behar goza de un prestigio internacional por la originalidad de su minucioso trabajo de investigación no solo sobre Cuba, sino sobre España y México, países que ha visitado en muchas ocasiones y donde ha realizado un intenso trabajo de campo. Resultado de sus indagaciones sobre la historia, la identidad y las tradiciones, son libros como Cuéntame algo aunque sea mentira: historia de la comadre Esperanza, o documentales como Adio Kerida, sobre la presencia sefardí en Cuba. Por todo ello ha recibido premios y menciones honoríficas. El libro al que me refiero viene acompañado de fotografías de Humberto Mayol que ponen rostro a muchos de los testimonios recogidos.
La primera visita de Ruth Behar a Cuba fue en 1979 en un momento en que no era fácil para los llamados “gusanos” regresar a la isla, por lo que tuvo que esperar a la década de los noventa en que entró como judía americana, en busca de los suyos. En realidad, buscaba sus recuerdos perdidos. Así visitó sinagogas, cementerios y casas de parientes lejanos, de amigos y vecinos. A partir de entonces se intensificaron los viajes a la isla, pese a las evidentes dificultades, gracias a su condición de antropóloga, que le dio el salvoconducto de las autoridades. Este viaje interior sigue la pista de frases, gestos, fotografías, objetos y heridas abiertas, como la muerte de ese primo que no llegó a conocer y cuya tumba localiza en el cementerio de Guanabacoa, al lado de otras lápidas que llevan nombres de parientes que sugieren historias de amor, versos para la eternidad, fotografías que hablan de personas, que son parte de la tribu y no pueden enterrarse en el olvido.
Y es que a partir de los noventa la comunidad judía despierta el interés de organizaciones internacionales y de figuras mediáticas como Steven Spielberg que la visita. Gracias a la ayuda internacional y a las facilidades que el régimen parece otorgarles, los judíos cubamos han creado redes de ayuda y proyectos sociales que a los ojos del resto de los cubanos los muestran como privilegiados. Pero la relación con la comunidad judía internacional también está cubierta de luces y sombras. La dignidad y el orgullo de muchos judíos cubanos los hace mantener los ojos abiertos ante la arrogancia de quienes miran por encima del hombro a los parientes pobres, los judíos ricos que les tiran las migajas. También hay una postura crítica de muchos judíos que se han negado a seguir las prácticas religiosas a cambio de aceite, arroz u objetos de aseo personal, pues consideran que esa ayuda ofrecida en las sinagogas es una forma de comprar adeptos. Tampoco parece auténtica la incorporación de judíos cubanos a esta comunidad, que se integran solo con el fin de obtener un pasaporte para emigrar a Israel.
En cualquier caso, quedan los restos del pasado en todos ellos, el ajado pasaporte de ciudadanos polacos de los padres y abuelos, la camisa que vistieron en el campo de concentración y a la que se aferran con obsesiva tenacidad, objetos de culto desempolvados que vuelven a vestirse en las ceremonias religiosas y familiares. “La comunidad judía en Cuba es esquiva. La integran personas que de la noche a la mañana pueden convertirse en fantasmas. Nunca sabes quienes de los judíos que aún están allí, y que a primera vista parecen muy bien plantados en la tierra cubana, han rellenado los papeles para pasar a Israel. Casi siempre te enteras de que alguien se marcha definitivamente la víspera de su partida”, concluye la autora. Este resplandor en la oscuridad que ella busca en esas fotografías en blanco y negro, al lado de las fotografías de Humberto Mayol,constituyen ahora el paisaje de sus recuerdos vividos de Cuba a partir de sus ojos y de los ojos de sus antepasados.

jueves, 4 de julio de 2013

Roberto Alifano: Borges y Neruda

El 2 de junio pasado tuve el honor de presentar al escritor argentino Roberto Alifano en la Casa de América en Madrid a propósito de la charla que impartió sobre la relación entre Borges y Neruda. Los datos sobre este escritor se pueden encontrar en su página web. Poeta, narrador, traductor, periodista cultural, profesor universitario nació en Gral. Pinto al oeste de la provincia de Buenos Aires en 1943. Publicó una primera novela Dante, la otra comedia; y entre los libros más recientes Tirando manteca al techo, libro que cuenta la vida del famoso play boy argentino Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué, conocido como “Macoco”, relato inspirado en las conversaciones que tuvo con él. Este libro es una apasionante travesía por la belle époque que tiene como protagonista a un hombre que vivió a lo grande y se codeó con la más glamurosa sociedad norteamericana y europea.
La generación de Alifano es la de autores como Blas Matamoro, Ricardo Piglia y Vlady Kociancich que vivieron el peronismo durante su infancia. Su nacimiento coincide con el estallido de la revolución del cuarenta y tres, un golpe de estado tras el cual emergió esa figura dominante de la historia argentina, Juan Domingo Perón, un fantasma, al parecer, vivo en el corazón de muchos argentinos y que Borges no soportaba, porque había sido perseguido de manera infame por aquel régimen.
La vida de Alifano está marcada por su relación con Borges a quien acompañó desde 1974 hasta 1985 en el papel de amanuense. Con él tradujo cuentos de Stevenson, poemas de Hesse y relatos de Carroll. Sobre Borges ha escrito numerosos libros entre los que destaco: Conversaciones con Borges y El Humor de Borges. En este último, inspirado también en las conversaciones entre ambos, nos ofrece la imagen de un personaje único por sus lapidarias respuestas y por su capacidad de reírse de sí mismo.
Pero el libro es muy interesante porque también aporta las claves de algunas de las narraciones borgeanas, además de ofrecernos un rico anecdotario sobre las situaciones a que dio lugar su obra, como la invención del personaje Pierre Menard, que muchos lectores creyeron real. El diálogo entre Borges y Alifano permite un juego de complicidades que abre la puerta a la imaginación y da lugar a confidencias, como las que Borges le hace al explicarle que había escrito ese texto después de una enfermedad que lo tuvo al borde de la muerte. Este libro de Alifano es también un ejercicio de memoria que trae hasta nosotros una imagen vívida de un Borges que se abre en la comunicación lo que permite el libre fluir de su pensamiento, algo que se debe a la discreta y generosa posición del interlocutor.
La obra de Alifano también aflora gracias a la escucha, porque hablar, como dice Heidegger, es escuchar y solo quienes saben escuchar dialogan de verdad. Creo como Heidegger que la actitud de escuchar es el acto de máxima generosidad, tanto como el recordar a los que se han ido y nos dejan el legado de su ser, como Neruda y Borges. En los libros de Alifano, trabajados en base a conversaciones, se da la circunstancia de que él, como sujeto, se sitúa casi en las sombras. Pero ese lugar es cómodo porque le ofrece la mejor perspectiva, le permite tomar notas y registrar cada detalle que lo conduce a reflexiones agudas e ingeniosas.
Quisiera detenerme en su relato Tirando manteca al techo, que recomiendo, porque todo lo narrado parece tan irreal como el cine, y tan fantástico como el espejismo de la riqueza que da lugar a excentricidades y caprichos. Macoco vivió en Buenos Aires donde se hizo famoso por sus aficiones, los caballos y las carreras de coches. Después de tomarse la noche porteña se fue a la conquista de Londres, París y Beverly Hills donde dejó una leyenda por sus amores con las divas del cine, desde Rita Hayworth hasta Claudette Colbert. La inmensa fortuna que dilapidó para satisfacer sus caprichos, dio lugar a la famosa frase del actor Sacha Guiltry: Il est riche comme un argentin. El libro es un trozo de esa Argentina soñada que se desvaneció por el peso de la realidad, tema muy recurrente en Alifano, el del sueño que se sueña y sobre el que ha escrito unas cuantas variaciones.
Quisiera señalar que si el estar de Alifano en sus conversaciones ha sido discreto, también lo ha sido su estar en este mundo como poeta, ya que es casi imperceptible. El sujeto desaparece de su obra, como señala el propio Borges en el prólogo al libro de poemas de Alifano, Sueño que sueña, “El soñar de estas páginas es un verbo que no tiene sujeto; es un sueño sin soñador, un sueño impersonal como la lluvia o como la caída de las hojas en el otoño”. De este poemario, compuesto de treinta y cuatro variaciones sobre el tema del sueño que sueña, me permito citar una: "¡Ah, perros del hortelano/ que no soñáis ni dejáis soñar”. Confío en que la obra de Roberto Alifano inspire a los lectores otras variaciones de sus sueños.

domingo, 30 de junio de 2013

Encuentros de cuentistas iberoamericanos

El 27 de junio pasado se llevó a cabo en la Casa de América de Madrid, un Encuentro de cuentistas iberoamericanos organizado por la embajada del Ecuador que en esta ocasión incluyó seis nombres en su programación: tres escritores y tres escritoras entre las que se encontraba la propia embajadora, Aminta Buenaño, autora de libros de cuentos como de Mujeres divinas; el escritor argentino Gustavo Dessal, quien ha publicado Demasiado rojo; el poeta ensayista y narrador chileno Sergio Macías, autor de novelas como El sueño europeo; la española Cristina Cerrada , autora de novelas como La mujer calva y de libros de relatos como Noctámbulos; así como el peruano Jorge Eduardo Benavides, autor de novelas como Los años inútiles y El año que rompí contigo, y quien escribe estas líneas.
El altísimo nivel del acto se debió en gran medida a la calidad de los textos leídos, en los que se abordaron temas como el amor, el erotismo, las relaciones sociales, las pasiones, el miedo, el resentimiento y el fracaso, hasta evocaciones históricas que se remontan a nuestras mitologías. Fue un gusto compartir con los colegas esta lectura que nos pone en contacto y consolida un sentimiento de unidad hispánico, en un momento en el que la literatura latinoamericana, o la escrita en lengua española, carece de manifiestos, propósitos y escuelas, porque crece y se expande individualmente, aunque no del todo independiente de las modas y tópicos que fija el marketing.
Fue un placer compartir lecturas, gracias a la iniciativa de la Embajada del Ecuador, que lleva a cabo una política cultural admirable, digna de imitar, ya que no se limita a sus fronteras, sino que convoca y amplía las redes incluyendo a otros países, ofreciendo una imagen continental diversa y variada, en una muestra de gran apertura mental. Ojalá las representaciones diplomáticas de nuestros países en el exterior siguieran este ejemplo organizando actividades similares, que no requieren excesivas sumas de dinero, sino algo más, la convicción de que tenemos mucho que aportar, la seguridad de que nuestras inteligencias y talentos ofrecen la mejor imagen y, sobre todo, el amor al arte y la literatura, como las más altas formas de expresión de lo humano.
Lamentablemente la cultura del espectáculo ha distorsionado el verdadero sentido de los actos humanos y ha despojado de grandeza a todo aquello que no vende o no reporta beneficios monetarios. La buena literatura acaso no venda, pero a largo plazo aporta la única riqueza perenne que constituye nuestro patrimonio cultural, al lado de la música, el arte y la gastronomía, por ejemplo, porque un buen libro es el mejor alimento para el espíritu. Hay en el ambiente una suerte de hartazgo de todo lo que se nos impone desde los medios, que cuando por casualidad nos atrapa un buen libro, una buena obra de arte, una pieza de teatro que nos conmueve, agradecemos a la vida el milagro del arte y recuperamos la esperanza y la confianza en nuestros semejantes.

domingo, 26 de mayo de 2013

Eros y la doncella, o la revolución traicionada

“De la extrema desigualdad de las condiciones y de las fortunas, de la diversidad de las pasiones y de los talentos, de las artes inútiles, de las artes perniciosas, de las ciencias frívolas, formaríanse multitud de prejuicios igualmente contrarios a la razón, a la felicidad y a la virtud.” Tales palabras de Rousseau inspiraron los principios que la revolución francesa vendió al mundo: Libertad, Igualdad, Fraternidad, y que fue incapaz de llevar a la práctica. En Eros y la doncella (Verbum, 2013), un trepidante relato que nos sitúa en el centro de la revolución francesa, el escritor Mario Szichman (Buenos Aires, 1945) nos introduce en el ambiente de este convulso periodo de la historia de la humanidad, cuando fueron decapitadas miles de personas por venganza y por temor, pero siempre en nombre de la libertad y de la soberanía del pueblo. La guillotina aquí se nos presenta como un símbolo de la ruptura radical con el pasado, una doncella insaciable que inmola a los condenados, quienes ante la muerte crecen o se envilecen.
Todo un pueblo está electrizado ante la vista de la sangre que no para de correr y que atasca los desagües de la ciudad. Son tantos los decapitados que los cementerios ya no pueden acoger los cadáveres y hay que trasladaros a otras fosas comunes y echarles cal para evitar epidemias. Pero en esa orgía de muerte la vida sigue con una desconcertante intensidad, entre rumores, conspiraciones y pasiones amorosas extremas. La moda y las costumbres se adaptan a los nuevos tiempos, se celebran fiestas en los salones y en las casas, mientras las masas asisten a las ejecuciones con fervor y con odio. El régimen de terror impuesto por el máximo líder, Roberpierre, da lugar a las más sofisticadas formas del disimulo. Le corresponde al arte desenmascarar a los farsantes: el teatro y la pintura recogen los gestos de los vivos y los muertos, que se inmortalizan gracias a un David quien pinta en el momento en que los hechos tienen lugar, como la ejecución de Lepeletier; o el novelista Jean-Baptieste Louvet célebre autor de Les Amours du chevalier de Faublas(Paris, 1787), que entretiene a los lectores con folletines en los que defiende los ideales de la revolución. Tampoco falta la magia del gabinete de las maravillas, que distrae a los revolucionarios, después de aquellas purgas con las que se pretende purificar a la patria.
El autor nos muestra de qué manera, consumida por las contradicciones, la revolución lleva al precipicio a sus artífices y seguidores, entre la confusión donde se ponen de moda los perversos, las autoflagelaciones, las sociedades secretas y la pornografía que se convierte en una gran industria, pero también se vive el amor más allá de la muerte, como anticipación de la sensibilidad romántica decadente. Estremece la profanación que protagoniza Danton del cadáver de su querida Gabrielle, cuyo cuerpo es esculpido a partir de cadáver, en un desesperado intento de inmortalizar sus rasgos, lo que intenta el escultor Claude Deseine. Dentro y fuera de los hechos narrados, un general venezolano, Francisco de Miranda, conspira al lado de los Girondinos, en medio de sus aventuras galantes. Su vida es de una intensidad delirante, muy propia de la época: encarcelado y condenado, se libra de la guillotina milagrosamente. No es este el destino de Danton, Marat y Robespierre a quienes espera la doncella implacable, lo cual es paradójico, si pensamos que, antes de la revolución, el joven abogado Robespierre era contrario a la pena de muerte. Pero en pleno furor depurativo, se alejaba de quien creía en una república democrática y virtuosa y llegó a afirmar: “El terror sin virtud, es desastroso. La virtud sin terror, es impotente”. Esta purga inquisitorial que padecieron tantos franceses no deja de tener un tinte religioso, esa necesidad de inmolar también a los inocentes.
Con gran habilidad, Mario Szichman, que vivió en Caracas entre 1967 y 1971, ha novelado distintos capítulos de la historia de Venezuela con obras que han merecido importantes distinciones como el Premio Casa de las Américas 1969 con La verdadera crónica falsa, junto con la célebre Trilogía de la patria boba, una saga sobre la independencia de la Gran Colombia: Los papeles de Miranda (2000), Las dos muertes del general Simón Bolívar (2004) y Los años de la guerra a muerte (2007), a las que se suman otras novelas premiadas y traducidas a otras lenguas. En Eros y la doncella Szichman pone en evidencia que el imperio de la razón, que anima a la revolución francesa, produce monstruos que empiezan aniquilando a los enemigos, después a amigos y cercanos y finalmente a sí mismos...una advertencia para las tiranías que se creen eternas e improvisan razones para mantenerse en el poder

domingo, 19 de mayo de 2013

Purgatorios de aquí y allá, Sofi Oksanen

De las guerras y las revoluciones, o contrarrevoluciones, no se salva nadie, ni los que se quedan, ni los que huyen o son deportados. Los primeros deben renunciar a lo que fueron, someterse a los vencedores traicionando no solo a los suyos, sino a sí mismos. Para disipar cualquier duda en torno a ellos, pierden su pasado, borran sus signos de identidad y aprenden a separar lo que dicen de lo que sienten. Estos suelen caer muy bajo ya que solo ascienden denunciado a sus vecinos y a menudo traspasan los límites morales recurriendo a la calumnia para arrebatarle a los otros lo que codician. Los segundos, fuera del sistema impuesto por los vencedores, están condenados a no arraigar en ninguna parte. En su huida arrastran la nostalgia del pasado perdido, de los lazos familiares, de las raíces y de la historia que los constituye. Solo tienen como compañía el miedo y la desesperanza del extranjero, eternamente perseguido por sus fantasmas y, por los suyos, que son los mayores enemigos. Purga de Sofi Oksanen pone en evidencia esta verdad que hiere como una espada de fuego y mata cualquier esperanza en el ser humano.
Publicada en 2008, la novela nos sitúa en dos tiempos distintos, entre 1949 y 1992. Son dos fechas claves, pues tras la ocupación soviética de las repúblicas bálticas -antes ocupadas por la Alemania nazi-, en 1949 fueron deportados a Siberia aproximadamente 40.000 estonios que se resistían a las medidas impuestas por el sistema soviético de colectivización de las tierras; y en 1992, tras la caída de la Unión Soviética, entró en vigencia una nueva Constitución para esa Estonia libre que tantas vidas costó a lo largo 43 años.
Se trata de las hermanas Aliide e Ingel Truu y del hombre que aman: Hans Pekk, veterano estonio perteneciente a la agrupación “Los hermanos del bosque” quienes se resistieron a los rusos, hasta que fueron eliminados inmisericordemente. La hermana menor, envidiosa del amor que se profesan su hermana y su cuñado, la que se queda, va cocinando en silencio la venganza, no solo por maldad, sino por no tener otra alternativa para salvarse: asimilarse al enemigo, entregarse a él después de haber sido violada y humillada, y de denunciar a su hermana y sobrina para conservar la casa y las tierras a las que se siente ferozmente arraigada, pero, sobre todo, al hombre que ama y que debe ocultar en el lugar más recóndito, lo que la obliga a estar alerta en todo momento. La otra, quien es deportada por los rusos, vive una asfixiante existencia anónima en Vladivostok, con la hija y la nieta. Esta última es el único consuelo de Ingel que en secreto le enseña a hablar a estonio. Linda, la hija de Ingel, no se recuperará jamás de los traumas de su infancia torturada y sofocada por los enemigos. Alerta, tras los visillos, espía a los posibles agentes que se acercan a la casa y no volverá a dormir en paz, como su hermana, la espía y traidora que la entrega a los rusos. Son tantas las restricciones a las que el régimen soviético somete a estas criaturas oprimidas, que las nuevas generaciones, a la que pertenece la nieta de Ingel, ven la salvación en el primer extranjero que les ofrece la posibilidad de lucir un par de medias de seda, símbolo de la mitificada abundancia y de la libertad que se disfruta en occidente. Lastimosamente, Zara, la nieta, descubre esta gran mentira en sus carnes cuando cae en las redes de un proxeneta. Huyendo de sus explotadores, ésta va en busca de sus raíces, rumbo a la Estonia libre donde esta la casa que tanto añoraba la abuela, con el olor de la tierra y los sabores de su huerta.
La pregunta que queda en el aire es si puede haber salvación en un mundo aparentemente libre de los regímenes totalitarios, pero en manos se seres sin escrúpulos que cazan a otros seres humanos y los mantienen atrapados en sus redes. A merced de las mafias que trafican con la carne y la consciencia de los más desprotegidos, las víctimas dejan de ser personas y se convierten en mercancías. De momento, parece que le sigue correspondiendo a la literatura despertar la consciencia, como logra Sofi Oksanen en esta trepidante novela que trenza vidas y tragedias, superponiendo tiempos y espacios, dejándonos en vilo en cada capítulo, tejiendo en minuciosas descripciones ese delicado velo de la historia de aquellos países bálticos férreamente arraigados a sus tradiciones, pero dolorosamente atrapados en las redes de las mafias trasnacionales que imponen sus leyes al mundo.

domingo, 17 de febrero de 2013

Historia del Eremita, de Miguel Espinosa

Miguel Espinosa (Murcia, 1926-1982) es un escritor de culto, una rareza en el ámbito de la literatura española, que nos sorprende con la fina ironía de su prosa. Conocido por Escuela de mandarines, su escritura gira alrededor de una idea y se sustenta en pilares tan antiguos como sólidos: la palabra profética que desciende hasta las formas primarias del verbo, despojando lo humano de los artificios de la cultura, devolviendo a las criaturas a su condición animal. La Historia del eremita es la primera versión de la paradigmática Escuela de mandarines (1974) que no pasó desapercibida para la crítica universitaria, pues llamó la atención de especialistas como Gonzalo Sobejano y Luis Miguel García Jambrina; y de críticos influyentes como Rafael Conte, quien en el monográfico que le dedicó la revista Quimera en 1984, publicó un artículo, junto con Enrique Tierno Galván y Juan Ramón Masoliver y en el que también se incluye una entrevista del colombiano Miguel de Francisco. En 2005 Rafael Conte nos dejó un lúcido artículo: Miguel Espinosa sigue vivo
Cuatro son los libros conocidos de Espinosa, el ensayo: Reflexiones sobre Norteamérica y las novelas Escuela de mandarines, La fea burguesía, Tribada. Tratado teológico, Asklepios, el último griego. Clasicismo transparente, experimentalismo final, fuegos de artificio, son las categorías con las que los especialistas intentan dar cuenta de su mundo. Historia del eremita es una primera versión de Escuela de mandarines, escrita entre 1954 y 1956. La edición que tengo es un regalo de mi editor y amigo Fernando Fernández, de Alfaqueque, a quien felicito por este feliz hallazgo.
Bajo la influencia de los clásicos y de los textos bíblicos, la obra evoca la figura de Zaratustra, de Nietzsche, en su descenso al mundo de los seres humanos. El poder, la riqueza, la ambición, unidas a la mediocridad, son la sustancia de ese aparatoso y agrietado edificio, que el eremita intenta derruir con la palabra. La eficacia de su verbo letal se debe a una inusitada capacidad de desconcertar. Nada más certero que el humor para volver del revés los mitos y poner en evidencia las mentiras de los sabios y de los mandarines que ostentan el poder. Así, el Gran Padre Mandarín dice: “el hombre desnudo tiene un defecto que no me gusta: y, es que no se puede meter las cosas en los bolsillos”, porque con los bolsillos comienza el traje y con el traje la civilización y la moral.
Por un lado están los mandarines y la corte de servidores que ejecutan sus preceptos; por otro, la “gentecita sencilla” que no necesita la verdad porque le basta con tener pan y reproducirse. Domina, por tanto, la razón de los estómagos y no merece la pena engañarse.
La travesía del eremita se inicia con los paisajes naturales donde los seres humanos se distinguen poco de los animales y pasa por los centros urbanos, sometidos a la parafernalia de las maneras cortesanas, que pervierten el sentido. Allí en los palacios domina la letra escrita, esas “patitas de mosca”. Sus mandarines se apoyan en la ortodoxia del Libro, que da lugar a controversias interminables. Los que se desmarcan de la línea hegemónica son acusados de heterodoxia, pero al eremita que los desmonta con sus respuestas, se le perdona la vida por ser considerado, iletrado, pobretón e hijo de la gentecilla simple que no cuenta en el reino.
Encarcelado por el Consejo de ancianos el eremita recibe la visita del hombre más orgulloso del mundo, “ese animal que precisan los mandarines para anunciar al pueblo la sabiduría de los mandarines; la palabra recortada y untuosa, el confianzudo con el saber, y la afrenta de toda inocencia”, Así lo define el eremita. La palabra untuosa -insistente apelativo-, es moneda falsa, relamida, aduladora, la palabra que envuelve, que amordaza y asfixia. Hay en Espinosa una búsqueda del origen, de la palabra creadora, dadora y fundadora del mundo.
Pero el eremita pasa por distintas etapas en las que debe experimentar el gobierno y el efecto de las leyes inventadas por los sabios. Subraya mediante metáforas, el mantenimiento y reproducción de formas de vida a que da lugar la sustancia que presenta distintas cualidades: sustancia grávida, sustancia del porvenir, sustancia tozuda, perenne, prefigurada, compuesta, sustancia moral, racional, sumisa, etc. Tal es la materia de los futuros cuadros, los llamados becarios del sistema: “¡Oh padres! Yo he oído decir que la sustancia del becario es una sustancia sin metamorfosis. ¿Acaso el becario no es ya una crisálida? Porque en mi época se mantenía que el huerfanito era una crisálida….” No dejen de leer a Espinosa. Les aseguro que les divertirá su irreverencia, tanto como sus afiladas sentencias.